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Del 5 al 11 de agosto 2019    

BLOGS > Memento Mori

Aquellos que hayan leído EL PARAÍSO PERDIDO de Milton sabrán que Pandemonium se refiere a la capital del Infierno, así llamada por el autor. Pero esa palabra de origen griego tiene otras acepciones, entre ellas la de ruido, confusión, jaleo. Y todas me sirven para el argumento de este artículo.

El ser humano es muy proclive al maniqueísmo. Sobre todo en la cultura occidental en la que miles de años de Historia nos ha puesto de relevancia la división entre los buenos y los malos. Así lo hacemos en casi todas las áreas de nuestra vida: el trabajo, el deporte (sobre todo en el fútbol), la política…

Y ahora más que nunca… Este es el tag line que Ángel Gabilondo hace suyo frente a la derecha madrileña con la que dirimirá las elecciones autonómica el 26M.

Permitidme mis queridos lectores un dato que para los progresistas es un poco escalofriante: el Partido Popular gobierna en Madrid desde 1995. Eso significa que los jóvenes menores de 24 años no han conocido más que gobiernos de derechas.

El juego de palabras del título me sirve para iniciar este artículo con una pequeña mirada hacia atrás en el tiempo y situarnos en la primavera de 2016, en los aledaños de unas nuevas elecciones tras la legislatura “breve”, en la que no se consiguió investir a Pedro Sánchez y se tuvieron que convocar unas nuevas elecciones.

Insultar: ofender a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones.

La definición con la que inicio este artículo proviene, como no podría ser de otra manera del diccionario de la Real Academia Española, máximo órgano en cuanto a los significados de los vocablos en lengua hispana, y que seguramente habrá sido consultado por bastantes ciudadanos estos últimos días.
¡Santiago y cierra, España! es un lema perteneciente a la tradición cultural española, inspirado en un grito de guerra pronunciado por las tropas cristianas durante la Reconquista, en batallas como la de Navas de Tolosa y las españolas del Imperio y de época moderna antes de cada carga en ofensiva. Aparece citado en el siglo XVII, en los poemas y dramas de carácter histórico.

Los seguidores de la saga de Harry Potter saben que cuando se refieren al malo de los malos, aquel que encarna el Daño, así con mayúsculas, no le pueden nombrar, porque su sola invocación puede hacer que su influencia llegue.

Algo así se ha querido, o se quiere hacer con el partido de ultraderecha Vox por parte de algunos: ignorar su presencia, aunque tras las elecciones andaluzas es palmaria, en la política española, o no nombrarle por miedo a que las tres letras de su nombre lo conjure.

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Estas son las preguntas básicas a las que siempre se aluden cuando se habla de nuestra propia existencia como seres humanos. Preguntas que pueden ser retóricas, o, también, intentar ser contestadas.

Escribo estas líneas todavía impresionada por los terribles sucesos que las riadas de Mallorca han llevado a cabo. El agua que nos da vida la arrebata de una manera irrefrenable, como un monstruo inmisericorde, que no tiene en cuenta ni edad ni condición.

Al dolor compartido de familias, de amigos, se une nuestra propia angustia al pensar que, aunque mortales, nunca deseamos una muerte de esta manera, por sorpresa, a destiempo, sin dar lugar siquiera a despedidas. Vidas que todos consideramos casi robadas por una Naturaleza que debería tratarnos como a su hijos.

He de reconocer que me costó comprender la dimensión de esta expresión, "morir de éxito", la primera vez que la escuché. Me parecía inconcebible que alguien pudiera perecer por haber conseguido, y de manera sublime, aquello que perseguía. Al fin y al cabo, el éxito es algo que todos ambicionamos en nuestra vida — aunque haya quien lo niega—, y cuando lo obtenemos nos sentimos plenamente realizados. Entonces, ¿por qué esa situación?

No cabe duda de que las redes sociales son un reflejo, a veces un tanto distorsionado pero real, de la sociedad. Vienen a ser lo que antes se llamaban los “mentideros de la villa”, lugares en donde se reunía la ciudadanía para comentar las novedades, criticar a los mandatarios y hacer más de un “traje” a algún conocido pues, como dice el refrán “medio mundo critica al otro medio”.

Vivimos en una sociedad sumergida en el ruido, sobre todo en el mediático. No me refiero solo a los gritos que, como energúmenos (y energúmenas) salen de las gargantas de tertulianos de cualquier género, que ya les vale, sino del ruido de propaganda y opinión en el que se ahoga a diario cualquier tipo de información política (de la de las vísceras, corazón e hígado paso de comentarla).

En estos tiempos que corren una, a pesar de sus años, no deja todos los días que quedarse ojiplática y boquiabierta ante las situaciones que se nos presentan en todos los ámbitos.

Por una parte la actuaciones de la Justicia, o mejor dicho, de algunos de sus jueces que parecen haber resucitado el derecho medieval de pernada, llevado al extremo de justificar como abuso lo que es una agresión. Y no es que el pueblo llano, desconocedor de las leyes, quiera tomar el lugar de los magistrados, sino que es de sentido común distinguir una cosa de la otra. Aunque algunos (que tienen nombres y apellidos) no quieran darse cuenta.

Tengo la sensación de que cada vez es más difícil distinguir la verdad de la mentira. O lo que es peor: que cada vez importa menos lo que es cierto ante conseguir los objetivos que muchos se plantean. Nunca como hasta ahora el fin justifica los medios, y esos medios son, en muchas ocasiones, los que deberían salvaguardar la certeza de los hechos. Pero la verdad y la mentira también toman partido. Y para justificar esta situación hemos acuñado un término: posverdad, que viene a ser una forma elegante de decir Donde digo Digo, digo Diego.

Escribo estas palabras conmocionada por la muerte del pequeño Gabriel. Bueno, si he de ser exacta, horrorizada por este asesinato que te hiela la sangre en las venas. Una vez y otra se me viene a la mente la imagen de la madre, su dolor, su desesperación, su calvario que día tras día ha debido de soportar, sostenida en pie por la sola idea de volver a ver a su hijo.

En la vida nos encontramos con malas personas. No me refiero a las que alguna vez nos hacen lo que vulgarmente se dice una “faena” (inconscientemente incluso), sino a quienes adrede, aposta, a sabiendas, hacen daño con el propósito más destructivo. El problema es que no siempre las reconocemos, y cuando lo hacemos suele ser demasiado tarde, bien porque su destreza en ocultar su maldad es grande, o porque no se había hecho nada, hasta ese momento, que provocara su maldad. Puede pasar tiempo, años, sin que ese sentimiento perverso surja, hasta que un día algo lo pone en marcha. Ese algo suele ser la envidia.
El comienzo del año es un periodo de propósitos, de cambiar aquello que a nuestro parecer no ha funcionado. Puede ir desde dejar de fumar o empezar una nueva dieta que de una vez por todas nos haga perder esos kilos que nos pesan demasiado, hasta realizar ese viaje soñado. No digo que no haya quien lo lleve a cabo, pero el ser humano es un animal de costumbres y, normalmente, a la altura del Miércoles de ceniza ya se han olvidado, y hemos vuelto a la misma situación de antes de comer los turrones.

Pues sí, mis queridos lectores, como cualquier compatriota que se preocupe por la marcha de nuestro país, he sido abducida por la preocupación sobre el proceso catalán, una especie de sanguijuela que durante semana ha ido chupando la sangre de la actualidad, dejando temas fundamentales, tales como la corrupción o los presupuestos del estado.

He de confesarlo, mis queridos lectores, soy una mujer desconcertada. Total y absolutamente. Tal y como se decía en mi juventud me siento como un calamar en un garaje (analogía en sí misma ya desconcertante).

La vuelta del verano siempre necesita de adaptación, porque hábitos y costumbres que mantenemos durante nueve meses parece que se nos van con la poca ropa, el calor y la bebida fría. Eso ha sido así desde que el ser humano goza de vacaciones, y unos con más tiempo y otros con menos, acabamos volviendo a la rutina.

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