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Del 12 al 18 de noviembre de 2018     

BLOGS > Memento Mori

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Estas son las preguntas básicas a las que siempre se aluden cuando se habla de nuestra propia existencia como seres humanos. Preguntas que pueden ser retóricas, o, también, intentar ser contestadas.

Escribo estas líneas todavía impresionada por los terribles sucesos que las riadas de Mallorca han llevado a cabo. El agua que nos da vida la arrebata de una manera irrefrenable, como un monstruo inmisericorde, que no tiene en cuenta ni edad ni condición.

Al dolor compartido de familias, de amigos, se une nuestra propia angustia al pensar que, aunque mortales, nunca deseamos una muerte de esta manera, por sorpresa, a destiempo, sin dar lugar siquiera a despedidas. Vidas que todos consideramos casi robadas por una Naturaleza que debería tratarnos como a su hijos.

He de reconocer que me costó comprender la dimensión de esta expresión, "morir de éxito", la primera vez que la escuché. Me parecía inconcebible que alguien pudiera perecer por haber conseguido, y de manera sublime, aquello que perseguía. Al fin y al cabo, el éxito es algo que todos ambicionamos en nuestra vida — aunque haya quien lo niega—, y cuando lo obtenemos nos sentimos plenamente realizados. Entonces, ¿por qué esa situación?

No cabe duda de que las redes sociales son un reflejo, a veces un tanto distorsionado pero real, de la sociedad. Vienen a ser lo que antes se llamaban los “mentideros de la villa”, lugares en donde se reunía la ciudadanía para comentar las novedades, criticar a los mandatarios y hacer más de un “traje” a algún conocido pues, como dice el refrán “medio mundo critica al otro medio”.

Vivimos en una sociedad sumergida en el ruido, sobre todo en el mediático. No me refiero solo a los gritos que, como energúmenos (y energúmenas) salen de las gargantas de tertulianos de cualquier género, que ya les vale, sino del ruido de propaganda y opinión en el que se ahoga a diario cualquier tipo de información política (de la de las vísceras, corazón e hígado paso de comentarla).

En estos tiempos que corren una, a pesar de sus años, no deja todos los días que quedarse ojiplática y boquiabierta ante las situaciones que se nos presentan en todos los ámbitos.

Por una parte la actuaciones de la Justicia, o mejor dicho, de algunos de sus jueces que parecen haber resucitado el derecho medieval de pernada, llevado al extremo de justificar como abuso lo que es una agresión. Y no es que el pueblo llano, desconocedor de las leyes, quiera tomar el lugar de los magistrados, sino que es de sentido común distinguir una cosa de la otra. Aunque algunos (que tienen nombres y apellidos) no quieran darse cuenta.

Tengo la sensación de que cada vez es más difícil distinguir la verdad de la mentira. O lo que es peor: que cada vez importa menos lo que es cierto ante conseguir los objetivos que muchos se plantean. Nunca como hasta ahora el fin justifica los medios, y esos medios son, en muchas ocasiones, los que deberían salvaguardar la certeza de los hechos. Pero la verdad y la mentira también toman partido. Y para justificar esta situación hemos acuñado un término: posverdad, que viene a ser una forma elegante de decir Donde digo Digo, digo Diego.

Escribo estas palabras conmocionada por la muerte del pequeño Gabriel. Bueno, si he de ser exacta, horrorizada por este asesinato que te hiela la sangre en las venas. Una vez y otra se me viene a la mente la imagen de la madre, su dolor, su desesperación, su calvario que día tras día ha debido de soportar, sostenida en pie por la sola idea de volver a ver a su hijo.

En la vida nos encontramos con malas personas. No me refiero a las que alguna vez nos hacen lo que vulgarmente se dice una “faena” (inconscientemente incluso), sino a quienes adrede, aposta, a sabiendas, hacen daño con el propósito más destructivo. El problema es que no siempre las reconocemos, y cuando lo hacemos suele ser demasiado tarde, bien porque su destreza en ocultar su maldad es grande, o porque no se había hecho nada, hasta ese momento, que provocara su maldad. Puede pasar tiempo, años, sin que ese sentimiento perverso surja, hasta que un día algo lo pone en marcha. Ese algo suele ser la envidia.
El comienzo del año es un periodo de propósitos, de cambiar aquello que a nuestro parecer no ha funcionado. Puede ir desde dejar de fumar o empezar una nueva dieta que de una vez por todas nos haga perder esos kilos que nos pesan demasiado, hasta realizar ese viaje soñado. No digo que no haya quien lo lleve a cabo, pero el ser humano es un animal de costumbres y, normalmente, a la altura del Miércoles de ceniza ya se han olvidado, y hemos vuelto a la misma situación de antes de comer los turrones.

Pues sí, mis queridos lectores, como cualquier compatriota que se preocupe por la marcha de nuestro país, he sido abducida por la preocupación sobre el proceso catalán, una especie de sanguijuela que durante semana ha ido chupando la sangre de la actualidad, dejando temas fundamentales, tales como la corrupción o los presupuestos del estado.

He de confesarlo, mis queridos lectores, soy una mujer desconcertada. Total y absolutamente. Tal y como se decía en mi juventud me siento como un calamar en un garaje (analogía en sí misma ya desconcertante).

La vuelta del verano siempre necesita de adaptación, porque hábitos y costumbres que mantenemos durante nueve meses parece que se nos van con la poca ropa, el calor y la bebida fría. Eso ha sido así desde que el ser humano goza de vacaciones, y unos con más tiempo y otros con menos, acabamos volviendo a la rutina.

Siento que en este artículo, en plena canícula veraniega, no voy a ser políticamente correcta. Por eso pido perdón por delante a quien se puede sentir identificado con alguno de los comentarios que en este artículo expongo, algo cansada de observar una sociedad que ante situaciones que nos debería de remover de los pies a la cabeza se muestra, sino indiferente, poco reactivo más allá de la queja diaria.

Nunca he ocultado mi adscripción política, de la que me he sentido orgullosa a pesar de los difíciles momentos en etapas pasadas y presentes. No es fácil militar en un partido político cuando se te ponen todos los vientos en contra y el temor a zozobrar es muy grande.

Nada tiene que ver con la religión, que es cuestión de fe. La militancia es cuestión de convicción y de coherencia con la propia manera de ver y querer que sea la sociedad.

Podría pensarse, queridos lectores, que mi artículo tiene la intención de versar sobre la leyenda clásica que narra la historia de Europa, joven fenicia de la que se enamoró Zeus, quien convertido en toro la raptó, hizo suya y cuyo nombre quedó unido a nuestro continente.

Sin lugar a dudas este tema sería más amable. Pero no, esta vez mi reflexión se viste de tintes más oscuros, relacionados con todo lo que en estos tiempos lleva sufrido este que llamamos el viejo continente.

Ésta es la frase tan conocida (para algunos la única) de Mariano José de Larra, periodista y escritor romántico que se pegó un tiro por amor (detalle que también hace que sea conocido como su frase).

Quizá para algunos sea una exageración o simplemente el fruto de unas circunstancias espacio temporales propias de la España del siglo XIX, en la que la mayoría de la ciudadanía era analfabeta.

Años después (bastantes) un poeta como Luis Cernuda apostilló, ampliando el continente y el contenido: «En España escribir no es llorar, es morir»

Las mujeres ocupamos, dígito arriba, dígito abajo, la mitad del planeta. Es decir que somos, en cuanto a numero de habitantes, equiparables.

Sí, sí, mis queridos lectores, seguro que estáis pensando que ya se me ve venir. Pues claro, como no aprovechar las fechas en que estamos para hablar del papel que las mujeres tenemos en esta sociedad, ahora, y el que debemos ocupar.

Todos, o casi todos conocemos la fábula de la cigarra y la hormiga, que dicho sea de paso es uno de los ejemplos de insolidaridad más grandes que conozco. Sí, esa que cuenta como la laboriosa hormiga dedica el buen tiempo veraniego a almacenar comida, mientras que la ociosa cigarra canta y se divierte como si fuera un perroflauta cualquiera, hasta que llega el frío y solicita la caridad desoída del pequeño animalejo.

Vivimos en un país hipócrita. Sí, mis queridos lectores, así es. Un país que esconde sus verdaderas intenciones y disfraza de bondad sus acciones en aras de una intencionalidad espuria.

Sé que no es un buen planteamiento para este primer mes del año, que se suele dedicar a los buenos propósitos: ir al gimnasio, dejar de fumar o leer cinco libros al menos. Pero es que la realidad es tozuda y emerge para ratificar esto que afirmo: vivimos un tiempo absolutamente esquizoide.

¿Por qué? Os preguntaréis, con razón. Pues permitidme que en unas pocas líneas intente explicarme.

Siete y media de la mañana del martes 8 de noviembre de 2016. Abro los ojos.

La radio, conectada al despertador, anuncia la posible victoria de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de América. El estómago me da un vuelco.

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