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Del 19 al 25 de noviembre de 2018     

BLOGS > Salud y Vida Cotidiana

Es común ver a los adolescentes agrupándose para soportar mejor -con otros­ su extrañamiento frente al espejo. Necesita aliados, se encuentra así en un "nosotros" hacia el que desplaza la obediencia y hasta la sumisión que, de niño, mantenía con su familia.

Aunque "los grandes" le faciliten todo (o quizás por eso mismo), suelen hallarse -no sin desconcierto- metidos en la virulencia de un enfrentamiento, por más que hayan oficiado de padres abiertos y dialogantes.

¿Qué deben estudiar nuestros hijos? Es una pregunta que se hacen actualmente los padres dada la diversidad de la oferta en la formación educativa. Estamos inmersos en una serie de opciones a cual más atractiva y que cuenta en la mayoría de los casos con sólidas argumentaciones en favor de su elección. Cómo negar la necesidad imperiosa de estudiar inglés, un idioma en el que se resuelven la mayoría de las relaciones comerciales, económicas, en los ámbitos internaciones. Quién se anima a decir sólo una palabra en contra de estudiar informática, tratándose de una herramienta que se ha vuelto imprescindible en toda clase de ámbitos. Y dado que somos europeos por qué no estudiar también alemán, francés, italiano, complementándolo con contabilidad, piano, karate... y así sucesivamente.

Ya cerca de las 20 horas el dueño de una tienda sale a tomar el fresco antes de cerrar, cuando se dispone a entrar un posible cliente al que el tendero le suelta: "Está cerrado".

Ante esto al posible cliente se le puede presentar la duda entre hacerle caso a la puerta abierta de la tienda y entrar, o bien obedecer a lo que la voz del tendero le cierra.

Decía Mark Twain: "El problema con el humor es que nadie se lo toma en serio".

Una de las misiones de nuestro mundo psíquico es desviar el dolor, disminuir la excitación que provoca, y el humor es una manera de lograrlo porque ahorra los afectos que la situación hubiese provocado (amargura, terror, angustia, etc.), eludiendo la posibilidad de su despliegue afectivo.

El gran escritor Gustav Flaubert confiesa: "He escrito una carta de amor por escribir, no porque esté enamorado, quisiera, sin embargo, hacérmelo creer así a mí mismo; creer que amo mientras escribo".

Unas líneas que muestran claramente ese paso nuevo, esa marca de más que los adolescentes tienen que hacer para adelantar en el papel lo que aún no afecta su mundo interior. Todos los usos de la escritura durante la pubertad y adolescencia: pintadas en las calles, agendas, diarios íntimos, empresas individuales o grupales, tienden a ello.

La salud es un tema recurrente en las conversaciones que mantenemos de manera coloquial. En esta ocasión me gustaría poner el foco en el sentido con que la usamos: como aquello contrario a la enfermedad. Si reflexionamos un momento llegaremos a la conclusión de que, empleándola únicamente en este sentido, aquellas personas que padecen enfermedades crónicas o congénitas no podrían aplicarse el término salud en grado alguno.

En el ámbito de la infancia y de la adolescencia hay términos que se repiten, quizás buscando algún sentido. Es lo que ocurre con pauta, gestión, protocolo, etiqueta, perfil y diagnóstico. Son términos de uso común hoy con el sello de la globalización: son generales, universales, despersonalizados y deslocalizados.

La idea vulgar de enfermedad arrastra confusas sensaciones donde el dolor, la discapacidad o las mutilaciones aportan reflejos difusos; al nombrar "enfermedad" me refiero tanto a las afecciones psíquicas como a las somáticas. No hay entre ellas una frontera clara, pero sí una problemática relación. Cualquiera hoy en día reconoce la incidencia psíquica en el asma, la úlcera, las enfermedades de la piel y otras.

La masculinidad no es un dato de partida. No se nace hombre, sino que la “hombría” se produce en la medida de que puedan salvar algunos desafíos. La pubertad implica un acrecentamiento de energía sexual en el varón que requiere ser elaborada para no enfermar. Este aspecto es fundamental: la libido no tramitada psíquicamente, enferma.

El Año Nuevo actualiza una mirada que atestigua nuestra frágil y contingente condición existencial. En el caso de los ancianos, comparten una situación que suele observarse en los festejos del cambio de año: mesas familiares o entre amigos con conversaciones variadas, entrecruzadas, donde todos intervienen sin la menor intención de excluir a nadie. Pero ese "alguien" que participa en presencia está sentado, quieto, escuchando sin que le sea posible intercalar un comentario; puede que tenga ideas brillantes pero no cuajan porque los otros comensales comparten el ritmo vertiginoso de las idas y venidas de las conversaciones.
Siempre hay algo extraño en el intento de realizar afirmaciones generales acerca de la vida amorosa. Después de todo, el enamorado suele reconocerse en una situación excepcional. Así, por ejemplo, se suele afirmar el carácter solitario del sujeto que busca hablar del amor: el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad. Es un discurso hablado tal vez por miles de personas (¿quién lo sabe?), pero al que nadie sostiene; está completamente abandonado por los lenguajes circundantes.

Cuántas veces hemos escuchado decir que vivimos mejor que nuestros antepasados. Aunque sobre la veracidad de esta afirmación no haya duda, la enfermedad sigue oscureciendo el devenir del ser humano como en las épocas más remotas.

Con enfermedad nombro tanto a las afecciones psíquicas como a las somáticas, pues hoy en día en muchas enfermedades somáticas podemos reconocer su raíz psíquica y no es posible trazar un límite claro entre ambas, aunque sí podamos confirmar la existencia de una relación de reciprocidad. Los psicoanalistas lo sabemos. Los médicos también.

La moral y la felicidad, antes enemigas irreductibles, se han fusionado; actualmente resulta inmoral no ser feliz. Allí donde se sacralizaba la abnegación y la privacidad tenemos ahora la evasión, la violencia mediática y la frivolidad. La dictadura de la euforia sumerge en la vergüenza a los que sufren. No sólo la felicidad constituye, junto con la espiritualidad, una de las mayores industrias de la época, sino que es también el nuevo orden moral.

Una gran parte de la población padece en silencio algún tipo de miedo o fobia que supone una gran limitación en su vida. Podría ser el caso de los que dicen: "ahora ya no salgo a desayunar fuera", "estoy más tranquilo en casa, hay menos ruido" o "así el desayuno me sale más barato". Estas son las excusas que una persona fóbica se impone en el curso del tiempo. Es decir, lo que en sentido corriente podría interpretarse como un deseo de cuidar el dinero, en realidad, nos está hablando de cómo el síntoma que padece va ganando terreno.

Ambroise Paré, uno de los principales impulsores de la cirugía del Renacimiento solía decir: "Yo lo atendí, Dios lo sanó". En otro ámbito, Giaccomo Puccini cuenta que la inspiración de la que surgió Madame Butterfly le fue dictada por Dios: “Yo fui simplemente el instrumento que la asentó en el papel y la transmitió al público”.

Según nos relata la historia al emperador Julio César le daba miedo la noche, al rey Enrique II de Francia le asustaban los gatos y a la reina Isabel II le aterrorizaban las flores.

El miedo a la oscuridad parece ser un miedo de la humanidad desde los comienzos. El hombre se protegía del ataque de los animales feroces durmiendo alrededor de una hoguera ya que las fieras no se acercaban al fuego, de esta manera la luz quedaba fijada como una protección contra un ataque mortal.

Generalmente se tiende a considerar que la fobia es un miedo al que se suele tildar de inexplicablemente intenso e irracional ante una situación, una escena, un objeto, un animal, etc.

No vamos a negar la exactitud de esta descripción, aunque sí vamos a intentar intercalar ciertas precisiones sobre otro elemento a tener en cuenta para comprender mejor el mundo fóbico. Ese otro elemento es la angustia, que no es un sentimiento –como el miedo- ni una emoción, sino un afecto.

Hace pocos días se publicó una encuesta realizada en nuestro país, cuyos resultados más llamativos señalaban que cerca del 50% de la población española estaba a favor de algún castigo físico a los hijos, considerando que forma parte de la educación.En los días siguientes se sucedían en las emisoras de radio tertulias donde expertos educativos expresaban su opinión más o menos horrorizada: comentaban que bajo ningún concepto se debía pegar a un hijo, que estos temas familiares había que arreglarlos con explicaciones, comprensión y diálogo. Puedo estar de acuerdo en esta posición, aunque en ella asoma un aire voluntarista que lamentablemente no alcanza para cambiar las cosas.

Pensar en demasía suele verse como un rasgo propio de las obsesiones. Esto es así si se describe al neurótico como alguien enfrascado en sus pensamientos. Sin embargo, este aspecto no atiende a lo crucial: la duda obsesiva no es una actitud enrevesada, sino el afán de disolver el carácter de acto que tiene el pensamiento.

No hay que olvidar que la frase: "Una imagen vale más que mil palabras", realza la imagen gracias a las palabras.

Durante la última década todos hemos presenciado el vertiginoso avance tecnológico y el creciente uso de los dispositivos móviles, posibilitando una conexión con el mundo absolutamente novedosa y enriquecedora. En el terreno de las comunicaciones se acabaron los tiempos de espera, ya nadie aguarda la llegada de una carta por correo postal y con la aplicación WhatsApp podemos saber de inmediato, después de enviar un mensaje, si el destinatario lo recibió, lo ha leído y hasta si está escribiendo una respuesta.

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