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Del 5 al 11 de agosto 2019    

BLOGS > El tren de las nubes

Un par de zapatos

El tren tenía la llegada a Montoro a las nueve de la mañana. Eran las diez menos cinco en el reloj de la estación cuando subimos. Quizás nosotras en lugar de reparar en estas discrepancias o a pesar de ser conscientes de ellas, solo pensábamos en estar lo más cerca posible de la aventura de viajar. El vagón en que nos hallábamos, todo forrado de madera incluidos los asientos, estaba vacío. Mi madre y yo miramos hacia fuera, como para despedirnos de alguien que supuestamente nos había acompañado. Desde mi altura solo pude ver la cabeza con gorra del guardabarreras. Mi madre, se sentó en el rincón que pega a la ventana, seguramente con la intención de mirar el paisaje al pasar. Yo me senté a su lado.

El 8 de marzo no nos mandes flores

A través de los años el Día de la Mujer Trabajadora fue un fin para reivindicar. El movimiento de mujeres en su propia particularidad hacía una llamada para escuchar las voces de las mujeres. Mujeres sobresalientes en una sociedad que las discriminaba, marginándolas y maltratándolas. Se participaba en conferencias, cineforum, homenajes a mujeres que son símbolo de la lucha feminista y reuniones, solo para hablar de un reclamo de derechos, no para revolucionar el mundo, y se salía a la calle con consignas serias y contundentes. Pura reivindicación.

Como los sueños de un poeta

La miraba como quien mira a un diamante en una exposición y por miedo a confesar su falta nunca le dijo nada. El amor no correspondido destruye. Así estaba él, hundido más allá de consuelo alguno. La fascinación que sentía, era también sonrisa a veces, pero más que nada era impotencia expansiva y fatal. La emisión romántica de su compañía era siempre un decorado y entre los dos un mundo en movimiento en el que perdía él.

Miércoles de ceniza

¡Qué bueno estaba el primer potaje de la cuaresma! Nunca he podido explicar porqué. Recuerdo así este día de los lejanos años. Mi madre decía que es la mejor fecha del año; en realidad era algo muy representativo en mi pueblo y en gran parte en la sociedad de entonces. El principio de la cuaresma y el fin del carnaval.

La senda de una mirada

Lo que más destacaba de aquella cafetería era su construcción colonial y sus mesas redondas de madera oscura con la encimera de mármol. Todas en conjunto formaban un semicírculo entorno a una cristalera al fondo del establecimiento desde donde se veía el ir y venir de la calle, concurrida siempre, ya que por su situación había que atravesarla para llegar a las zonas más importantes de la ciudad.

Verde intenso diluido

Era un jardín que no parecía grande por la cantidad de espesura que cobijaba y, a pesar de todo, producía una impresión de amplitud extraordinaria, los arriates no estaban bien trazados, seguramente, habían sido trabajados durante mucho tiempo por distintas personas y como resultado mostraban una profusión y diversidad irregular y sorprendente que invitaba a mirar de un lado a otro sin parar. Había flores de todos los colores y formas dispuestas en semicírculo, en línea, formando arco, muchas de ellas alargaban sus ramajes hasta la copa de los árboles o por encima de alguna ventana vertical. A la derecha de la entrada, una hilera de hortensias y azucenas como cortinas de recio paño engalanaban la luz de una tarde próxima a terminar. Allí pasé. Atraída por tanta belleza cogí la cámara dispuesta a hacer alguna foto.

La voz del silencio

Era una noche tibia y profunda. Desde lejos, bajando de la plaza, al postigo de su ventana llegaba el alegre griterío de un grupo de adolescentes cuyas palabras esparcía el viento. El ruido pareció desaparecer, como si la cercanía lo hiciese invisible. Quizás porque solo era el ruido de una ilusión.


Nueve lunas

El día se derramaba lánguido. La lluvia chorreaba entre los árboles purgados por un otoño incansable en aguas. El suelo calado atenuaba los pasos de Nueve Lunas que agotado paró a la primera señal de Gabriela. Un perro enorme anunciaba su llegada levantándose de repente y poniéndose a ladrar envuelto en cólera. Un hombre de aspecto campesino salió por una de las puertas laterales dirigiéndose con rapidez hacia donde Gabriela permanecía parada, la miró fijamente sin hacer comentarios, con prisa por tranquilizarla y con seguridad, hizo un gesto al perro y los dos se apartaron ágilmente llevando al caballo de la brida.
Digo NO

Nueve días de internamiento. Ya le resultaba familiar el olor a medicina y desinfectante. Ramón, un hombre de cuarenta años de cabello oscuro, empleado en una fábrica de plásticos había sido ingresado por intento de suicidio. A pesar de que los únicos cuidados que se le realizaron se redujeron a una pastilla blanca y a practicarle masajes en la nuca, enseguida empezó a reaccionar y volver en sí, carraspeando, parpadeando, suspirando con hondura y balbuciendo a retazos alguna palabra suelta. Cualquiera que no hubiese conocido lo que había ocurrido pensaría que el hecho era una farsa urdida y ejecutada por el propio individuo. No sufrió. Eso confesó a las enfermeras.
Y mientras tanto…
(Foto: Paul Hansen)
Aún a lo lejos seguimos sintiendo el gusanillo de los viajes veraniegos y conservamos en las retinas nuestro reciente acceso a las maravillas del mundo. El azul del mar que nos rodeó por todas partes. Los frondosos paisajes del país exótico visitado. El desierto lejano. El aroma del verde pinar. La campiña. La selva. La playa. A pesar de conservar el sabor de estos paraísos, también guardamos lo que nos faltó; solo nos faltó creer en el ser humano. Una parte de nosotros, acostumbrados a nuestra comodidad y estabilidad, vivía días familiares de asueto y felicidad y otra más profunda, miraba lo que ocurría alrededor, disgustados oíamos en el amplio universo, voces que pedían socorro.
El rosal amarillo

Me gusta el jardín de mi huerta. En ese sitio me siento parte y raíz, como cualquier árbol, como el sembrado en sus estaciones de abundancia cuando la tierra es una madre preñada y el surco el lecho que acoge a sus hijos. Allí se le encuentra un mensaje al viento susurrante e idílico entre colores y olores que acuden a saciar los sentidos. Están colocados de tal forma los arriates, que se puede gozar de su vista en la primera ojeada. En el centro está la casa y, alrededor, los árboles y las flores forman un dulce coro en circunferencia. De esta forma todo este adorno forma una tribuna de frutos, flores y verdor que contienen al mismo tiempo rosas, geranios, hortensias, manzanas, peras y ciruelas.
Buscando silfos

La casa de Olga y Raúl es una de esas casas que provoca envidias. Se encuentra en un ángulo de una de las calles más exclusivas de Villalba con unas hermosas vista de la sierra madrileña. En su jardín abundan los manzanos, ciruelos, membrillos y almendros ya casi en flor. La luz en demasía, casi irracional, se extiende por el espacio llenándolo de sol y dilatándose desde la escalera que baja a la bodega hasta el dosel que da paso a la piscina, envolviendo todo en un marco de preciosos verdes, que son verdes desde el color alegre de los pinos y las encinas que lo rodean. Tiene todo lo que cualquiera quisiera para vivir feliz.
Al alba

Desperté asustada después de un mal sueño. Me levanté, tomé un vaso de leche y salí al balcón. Todo oscuro y conocido. Miré la torre de la iglesia, - siempre tuve en mi vida una torre de iglesia frente a la ventana-, la cúpula de un campanario descocado que apaciguaron. Ya no repiquetean las campanas. Quizás a la santera con los años se le ha ido agotando la fuerza para tirar de la cuerda, o quizás los vecinos que dormimos con la almohada en la campana mayor hayamos dirigido nuestras quejas al obispado para ahogar su tintineo. No era de censurar ese canto, más allá de ese código están los ciclópeos cohetes de la bodas y aun así, benditos, si el gentío es feliz.

Venturas y farsas

El autobús se había convertido en hogar para los ocupantes, una esfera en la que poder disponer de tiempo ya que nada más se puede hacer. El vehículo tenía una magnificencia inmensa y tristona; ya no era nuevo, pero llevaba sus años con elegancia, como un señor rico, viudo y mayor, y aunque el aire atrapado en los círculos de su periferia pareciera a veces estancando y poco fresco. inalterado durante días por el viento de las premuras, también es cierto que estaba cargado de aromas, músicas reconfortantes y gentes que hacían más fácil plantar cara a cinco horas de viaje.
Humo al viento


Caminamos durante dos horas por toda la orilla del arroyo y no encontradnos a nadie, solo jilgueros, verderones, chamarines, oropéndolas, urracas, mirlos y verdor: berros, juncos, cañas, aneas, zarzas, juncias y vinagreras. Tranquilos y únicos en una tierra que además de darnos su jugo y prodigarnos su belleza durante casi treinta años, nos colma de alegría y bienestar. Andábamos callados con la seguridad de que ninguno de los dos rompería el silencio. Desde el cerro de pinos, el cielo azul sin nubes vigilaba escrupulosamente Villa Tarambuco.

Redes en el espacio

Su casa era una preciosidad de construcción muy cerca de una estupenda playa. Grandes ventanales cubrían toda la fachada que miraba al mar. Los suelos de láminas de madera desgatadas por los años. La decoración original ibicenca de los años sesenta. Detrás de la casa, las rocas que dividen el agua del cabo hacían de doble pared y protección contra las terribles olas de las estaciones crudas.
Regando el surco con sal

Aún con el aire de las vacaciones en mi piel, sentada en esta silla de anea entretejida, pienso en el día 27 de agosto, en Andalucía, pasando un buen rato en una tetería junto a amigos. Amordazó nuestra conversación una noticia que daban por la televisión. Desviamos la mirada hacia el monitor…
Bordando nostalgias

¿Pili Gorbano? ¿Eres Pili? ¿Sí?... Mis ojos se abren hasta donde no pueden. ¡Luisa Vega!... ¿Tú? Me reconoció, la reconocí.

Fue la semana pasada cuando paseaba por el Paseo del Prado esperando que abriese el museo.

Algo que sucede como por encanto.

Entre la sorpresa y la timidez influida por los años separadas, nos abrazamos…

Como un soplo


Era una noche de verano, sábado. Quizás a mediados de julio. La luna estaba pequeña, hermosa y serena; brillaba tenuemente en lo más alto de cielo y el viento soplaba con rumor dulce en toda la zona. Las calles iluminadas con una profusión asombrosa. El torrente de luz que desgajaba el alumbrado formaba un brillante círculo alrededor del barrio.

Ha transcurrido un año desde las últimas fiestas mayores.

El desdoblamiento del alma

Solos, a su suerte. La evacuación se inició al alba, el 20 de julio de 1936. Unos quedaron en lagares donde eran conocidos, otros más adelante en campamentos improvisados allá por las Chiveras, algunos en Cardeña, otros en Fuencaliente y muchos más que no se supo dónde fueron a establecer su supervivencia. Iban niños, mayores, mujeres embarazadas, bebés recién nacidos, faltaban solo los jóvenes que habían reclutado para la guerra, da igual en qué bando. Para la mayoría el que les tocó. Así es como dio comienzo a aquello que después denominaban: “El año que salimos corriendo”.

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