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Late, corazón, late, (Capítulo XII). “La niña” (The Little girl)

Late, corazón, late, (Capítulo XII). “La niña” (The Little girl)
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Llevo esperando más de seis horas. Tres cafés, dos naranjadas y una botella de agua.

Aguardo a que me den noticias de mi amigo Raúl. Le han operado de la próstata. Todavía no hay ni rastro de médicos o enfermeras, ni siquiera ha pasado un solo auxiliar. Nadie. Son las tres de la madrugada. Espero que esté bien. Raúl no tiene familiares, tampoco muchos amigos, la verdad, por eso he venido. El hospital está hoy muy tranquilo.

De repente, al fondo del pasillo, a unos quince metros de donde yo estoy, aparece una niña. Unos seis años, debe haber escapado a la vigilancia de sus padres, que estarán en una habitación contigua con algún familiar. La miro, me mira, sonrío, sonríe. Un gran lazo rosa y una pelota. Al cabo de un rato desaparece, regresa por donde había venido, el pasillo transversal del fondo. Sigo esperando...

Son las siete y media de la mañana. Vaya nochecita que he pasado adormilado en el incómodo asiento del corredor. Se acerca una enfermera y me da el parte: Raúl no está mal pero parece ser que hubo alguna complicación —que no me explica— y no podré verle de momento. Ya me avisarán. Le doy las gracias y me levanto. Ya vendré a visitarle cuando me lo permitan y le traeré algún periódico deportivo, que al menos se entretenga con algo, que es muy futbolero. Del Atleti.

De regreso a casa, en el metro, me da por pensar en una historia que escuché hace tiempo —tampoco hace mucho— sobre sucesos “habituales” en cierto hospital de Madrid. Es en la planta de la Unidad de Cuidados Paliativos. Leyendas urbanas, ¿qué si no? Aunque ningún auxiliar, enfermera y médico la han visto, muchos creen en ella. Se dice que muchos pacientes se quejan de una niña que trastea en las habitaciones de estos enfermos. Parece ser que es bastante molesta y revoltosa y que, ante la atónita mirada de quienes les asisten —suelen ser auxiliares o enfermeras—, la señalan junto a ellos —junto a los facultativos— a la vez que suplican que “se la lleven” ¿? (Sin lugar a dudas es un personaje inexistente, algo impropio, producto, probablemente, de la medicación que reciben los pacientes. Sin embargo, muchos asistentes, e incluso algún que otro médico, creen en ella sin haberla visto. Qué cosas escucha uno.).

También, sobre otro hospital conocidísimo de la capital, he escuchado, en boca de varios auxiliares —uno muy amigo mío— y dos médicos, relatos sobre “la sombra”, suceso de similares características. Pero esa ya es otra historia que, si tengo tiempo y me apetece, os contaré otro día.

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