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DANA

Depresión aislada en niveles altos, esto es lo que significa estas siglas que dan título al artículo de este mes, y que se refieren al fenómeno atmosférico que nos viene azotando desde hace casi una semana. Para algunos la denominación nos resulta extraña, porque la habíamos conocido tiempo atrás con un nombre más coloquial: gota fría.

Este fenómeno metereológico no es desconocido para nosotros, y menos en la banda mediterránea que la sufre muy habitualmente tras el verano. Lo peculiar, por no decir lo extraordinario, es la virulencia con la que nos ha acometido. Las imágenes que estamos visionando en televisión recuerdan, en algunos casos, a las recientes que hemos podido ver en Barbados, o aquellas pretéritas en Nueva Orleans tras el paso del Katrina.

La naturaleza tiene sus reglas y cuando las cambiamos ella las cambia. Tantos son los toques de atención que hay que ser muy cerrado de mollera, y muy soberbio, para no darnos cuenta de que los seres humanos somos muy frágiles, y que solo debemos, de una vez por todas, convertirnos en la especie que salvaguarda no en la que destruye, porque estamos tirando piedras contra nuestro propio techo, siendo de cristal. Baste ver las seis víctimas mortales, a cuyas familias traslado mis más profundas condolencias.

Dentro de la desgracia hemos de considerarnos afortunados. Vivimos en un país con recursos, con organizaciones y fuerzas de seguridad que se ponen en marcha para rescatar y salvar a quienes se ven inmersos en estas aciagas situaciones, incluso a los que cometen tamañas imprudencias como intentar salvar su coche en vez de la vida. En otros lugares no son tan bienaventurados. Volverá la calma, se empezarán a evaluar los daños y se intentarán paliar. Se destinarán fondos públicos a las reconstrucciones y el Consorcio del seguro se hará cargo de las indemnizaciones, algo que en otros países, como los del tercer mundo es impensable. Hasta en la desgracia hay ricos y pobres.

Como en las fábulas de los clásicos debería de haber una moraleja que nos enseñe que de nada nos sirve el último modelo de Ipad, o de coche, o de nevera, si en un simple segundo una catástrofe natural se lo lleva.

Nuestros ancestros miraban el cielo, amaban la tierra, respetaban los mares. Sabían que de ellos dependía la subsistencia. Nosotros contemplamos espantados las previsiones metereológicas en la televisión, pero después seguimos esquilmando los recursos. Eso sí, podemos subir a las RR.SS. cómo la DANA arrasa con todo y ser trending topic.

Recordad: memento mori.

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