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La Feria del Libro

“Un lector vive mil vidas antes de morir. El que no lee solo vive una” (GEORGE R.R. MARTIN)

En Las noches del Buen Retiro, Baroja evoca los paseos que por esos jardincillos del mismo nombre, los madrileños de toda catadura se reunían y daban cita: escritores, políticos, burgueses, malandrines, jugadores, empresarios, comediantes, pedigüeños, gentes de postín, hidalgos, aristócratas, periodistas, buscones y busconas de toda índole…

Allí se especulaba, se tramaban conjuras, se reivindicaban textos literarios, se forjaban matrimonios de conveniencia, algún truhan recibía crédito en conversaciones privadas, se coqueteaba a través de miradas ardientes. También se representaban óperas, zarzuelas bufas, orquestinas, bailes y pantomimas.

No cabe duda de que el parque del Retiro forma parte de la idiosincrasia de los madrileños. Quién no se ha dejado llevar algún día por su ambiente multicolor, desde aquellos lejanos días de mediados del siglo XVII en que la familia Real, después de celebrar misa en Los Jerónimos, se retiraba a esos jardines a reposar y pasar la tarde.

No pudo ser hasta mitad del siglo XIX cuando estos jardines dejaron de ser de uso exclusivo de Austrias y Borbones y tuvieran acceso todos los madrileños. Por supuesto, antes de esta apertura total, los borbones ya habían abierto un poco la mano, eso sí, con ciertas reticencias entre hombres y mujeres; ellos no podían llevar el pelo recogido en una red ni descubierto, tampoco llevar capa, signo inequívoco de ocultación. Las mujeres podían llevar mantón, claro, pero de ninguna manera llevarlo recogido debajo del brazo.

Como es tan grande, el Retiro ha sido escenario de casi todo. Por ejemplo, la fábrica de porcelanas La China, ubicada donde hoy está el monumento a El Ángel Caído, dicen que el único del mundo dedicado al Diablo; el Pabellón Árabe, hoy ya derribado, que, junto al Palacio de Cristal y el de Velázquez acogieron a finales del siglo XIX la Exposición General de Las Islas Filipinas y ya a principios del XX la Exposición de Bellas Artes; La Casa de Vacas, donde los madrileños iban a mirar las vacas, elegían una y el dependiente la ordeñaba y servía de inmediato un vaso de leche bien calentita. Y por supuesto, los Jardines de Cecilio Rodríguez, el estanque con su barco y barcas de remo…

Pero los que ya superamos la barrera donde nuestra memoria se enciende con los recuerdos, no podemos olvidar La Casa de Fieras. Aferrado a la mano de mis padres recorría las jaulas de los leones y tigres. Pequeños habitáculos de ladrillo y barrotes donde los animales prisioneros no dejaban de dar vueltas; el elefante Perico, al que podíamos atiborrar de pan duro sin problema, lo mismo que a cualquiera de aquellos bichos enjaulados; en un foso no muy grande estaban dos osos, alguno con manías simpáticas, por lo que los madrileños le dieron en llamar Paco, así en bajito, no se enterara el otro Paco y dedujera comparaciones; y los monos, esos monos medio locos en otro foso cuya principal motivación era comerse todo lo que les arrojábamos y darle al vicio más antiguo. En ese momento, todos los padres daban una voz y nos retiraban del espectáculo escandalizados.

Hoy, el Retiro es ese reducto mágico donde los madrileños y otros visitantes descubren lo más parecido al paraíso natural en el mismo corazón de la ciudad. Un lugar en el que proliferan titiriteros, payasos, músicos, barquilleros, cantantes, patinadores, ciclistas, jugones de la petanca, torerillos de salón, runners, jubilados, mucamas, exhibicionistas, mirones y simples paseantes.

Pues bien, los últimos años por estas fechas, lo mismo que las violeteras, aves precursoras de primavera del cuplé; o la columna anti taurina de Manuel Vicent sobre la feria de san Isidro, aparecen los artículos, algunos sesudos, otros costumbristas y los más a favor del viento sobre la Feria del Libro en el Retiro. Y la intención de llevarlo a otro emplazamiento.

Siento especial repulsa por los puretas. Esos a los que hay que hacer reverencias por su exquisitez, bien alejados sus intelectos de la plebe. Acuden a eventos con pedigree, bajo exclusiva invitación, no sea que se cuele algún pelao con pretensiones. Cuestionan la idoneidad de la Feria del Libro en El Retiro porque se daña el medio ambiente, se perjudica la flora o se mosquean las ardillas. Dicen que es una feria sin clase, para ignorantes y bessellerianos, como una jaula de expositores donde se pasea y se mira, un escaparate donde lo que prevalece es la vulgar venta de libros.

Para un simple aficionado/vicioso de la lectura como es el autor de este texto, la coincidencia de 400 expositores y más de 350 casetas en su 78º edición, es nada más y menos que un acontecimiento que espero durante todo el año. Es algo así como si coincidieran en una exposición universal una selección de los cuadros del Prado, el Louvre y el Ermitage, por ejemplo. Pero a lo que habría que añadir que muchos de sus autores están de cuerpo presente, para dirigirte una mirada de agradecimiento o de ansiedad.

Este año se prevén más de dos millones de visitantes. Yo estaré entre ellos. Apasionado, con la mano de mi hijo bien sujeta, de caseta en caseta revolviendo libros de aventuras, cuentos, historias que procuro compartir. Mirando de reojo esos escritores que me acompañan en la vida, incluso dejando que me firmen algún libro a modo de agradecimiento por hacerme feliz. Youtubers, cocineros, picapleitos televisivos, algún prota de serie triunfadora, camaleones del noble arte de la escritura…

Dejemos la Feria del Libro donde está. Tal vez si buscamos, podamos encontrarnos con don Pío y recordar con él algunas chanzas y secretos sobre nuestro Retiro.

La Feria del Libro
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