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El Gran Hermano

“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.“ (VICTOR HUGO)

Me paseo por el dial radiofónico poco antes del cierre de los colegios electorales. Unos y otros como pitonisas de voluntades ajenas, presumen de saber ya casi con certeza a quiénes hemos votado.

Una gran angustia me invade, aún no he cumplido mi cita con las urnas. Cómo han podido averiguar, sin preguntarme, tampoco a los millones que han depositado su voto secreto, qué líder quedará excomulgado y quién será beatificado.

En las nuevas nomenclaturas de los sabios tecnológicos de nuestro tiempo, a esto le llaman Big Data, que es algo así como una fórmula mediante la cual controlan nuestros datos y puedan deducir nuestros intereses.

Vamos, que si usted tiene apego al navegador de Internet, tenga claro que cada vez que clique en alguna opción, ya sea social, económica, cultural, gastronómica o sexual, habrá caído sin remedio en esa tupida y anónima red que le conectará con la oferta y demanda de sus inequívocos gustos. Al acecho se prestan los lobos, voraces por satisfacer recíprocas necesidades.

Los tahúres de la inteligencia artificial nos ubican en un entorno que llaman ecosistema de la publicidad programática. Este proceso les permite gestionar interrelaciones entre usted, por ejemplo, que es un voraz consumidor de pasteles y las más afamadas reposterías del mundo.

Cómo se han enterado de ese placer tan suyo, es bien sencillo: mediante algoritmos y cookies que dejó a su libre albedrío tras esa inocente navegación por los diferentes medios de información digitales. Entiendo que su única intención era informarse del triunfo de su equipo de fútbol o de qué decían las estadísticas de la ocupación laboral o los últimos resultados del CIS, pero usted es un potencial cliente, le ofrecen un contenido pecuniario, lo que estos druidas de la mente y la cuenta corriente llaman Funding Choice, es decir, que edifique muros de pago y así quede seleccionado como usuario de élite.

Existe un Gran Hermano que nos vigila quién sabe desde qué sótano siniestro, rodeado de ordenadores. Conectados a su vez con los poderes políticos y económicos. Sin olvidar esas catacumbas de la miseria, desde la cual arrojarnos al saco de nuestro prestigio, algún que otro placer inconfesable con el fin de tenernos atrapados si la ocasión lo requiere. Un Alien de otra Galaxia que controla nuestros gustos y aficiones, que conoce nuestras debilidades y obtiene su rentabilidad económica.

Nos seducen desde propuestas unidireccionales, para que no nos perdamos en meandros sin consistencia, ajenos a una publicidad que obviamos. Qué hábiles son. Fíjese cuando por casualidad pincha en un producto de un sector determinado o mejor, una marca. A partir de entonces, el ratón de su ordenador y la oferta publicitaria se convertirán en inseparables, se perseguirán sin tregua. Ha sido usted elegido.

Los medios de comunicación tal y como hoy están estructurados tienen los días contados. Ya no existirán periodistas al uso, tal y como los tenemos concebidos. El embrión de lo que se avecina son los llamados gestores de contenidos, mimetizados o cómplices de la publicidad programática.

Se fabricarán aquellas noticias que nos interesen a cada cual, por supuesto una vez escrutados nuestras aficiones o tendencias y, en contacto con el mercado de valores de consumo, rastrearán por los diferentes canales de comunicación donde se buscarán suscriptores afines, prestos a complacer a los editores y a la vez satisfacer no tanto a los lectores como a los clientes. Oportunidades de marketing, les llaman los especialistas. Ofrecer a quién, cómo, dónde y en el momento preciso, el producto que encaje con sus gustos de domesticado consumidor.

Me interesé un buen día por los sombreros de Panamá. Así, de manera inocente, potajeando por Google y, desde entonces, me persiguen como si mi propósito fuera el de instalar una sombrerería. A la vuelta de unos cuantos días volveremos a citarnos con la urnas. Tengo la sensación que ya conocen mi voto. En algún momento he leído con más o menos interés la propuesta de tal candidatura, me detuve en un artículo de referencia. Mi comportamiento me delata. Ya no puedo despistarles, escapar a sus designios, formo parte de sus estadísticas.

¿Me pasará lo mismo que con los sombreros de Panamá?

El Gran Hermano
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