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La hoguera de las vanidades

El sistema democrático arrastra el estigma de ser el mejor, “dentro de lo que cabe”. Verdad donde las haya, debido a diversas causas, no siendo la menor, una proveniente de las juventudes de las organizaciones políticas.

Estas, que son absolutamente necesarias como cantera de los partidos que las promueven y sostienen, llevan en sí mismas, en algunos casos, la semilla de futuros fracasos, más o menos sonados, en función de lo alta que sea la caída.

Con frecuencia, aparecen jóvenes que pasan directamente de depender económicamente de sus padres a hacerlo de los cargos a los que su capacidad política, o de maniobra, les promueve, sin que lleguen a tejer una red que les salvaguarde para un futuro que en política siempre es incierto.

Debería exigirse a cualquier aspirante a ocupar un cargo público, haber trabajado fuera de su organización política unos cuantos años y potenciar que tengan a donde volver cuando se acabe su vida pública. Así, se reduciría el riesgo que suponen los individuos que, si abandonan el escaño, la concejalía o lo que sea que ostenten, se quedan antes o después con una mano delante y otra detrás. Esto hace que algunos “maten” con tal de seguir en el machito. Muchos, sobreviven en política gracias a su “devoción” por algún cargo de superior categoría. Así se forman ramas de paniaguados, que dedican más horas a servir y ensalzar a mediocridades, que a la gestión asignada y por la que se les paga, muchas veces muy bien.

Si ese árbol acaba en alguien sin el suficiente amueblamiento en su testa, como para no ser nada asequible al endiosamiento que esta enfermedad propicia, nos encontramos con una persona que se considera: por encima de su organización política, incluso su encarnación, amada por sus votantes sin que nada que haga los defraude y asistida por la divinidad en cada una de sus decisiones.

Cualquier cosa que acontezca cuando la realidad se imponga, sobre todo si no es el primer aviso serio que recibe, no será tan achacable a los méritos de los oponentes que la destronen, como a su propia y, al fin, manifiesta incapacidad y los males que de ahí provengan deberían serle debidamente imputados, a ella en primer lugar y también a sus más directos colaboradores, porque a los de más abajo ya les llegará la bofetada cuando sus despachos los ocupen los paniaguados de quienes la destronen.

El problema verdaderamente serio para las democracias es el desapego que todo lo anterior provoca en el electorado, haciéndole que no acuda a votar y lo que es peor, llevando a los menos proclives al sistema a entregar su voto a organizaciones que, si alcanzaran el suficiente poder, lo eliminarían.

Cuando un río se desborda nadie puede prever los destrozos que va a ocasionar, hasta dónde pueden alcanzar ni el tiempo que sus efectos pueden durar.

La hoguera de las vanidades
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