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Late, corazón, late, (Capítulo VI)

Late, corazón, late, (Capítulo VI)
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“El umbral” (The Threshold),

“Bendigamos nuestra casa con una rama de laurel mojada en agua con sal o pongamos en las habitaciones ramitas de romero u olivo, o mucho mejor, en el marco de las puertas, sujetemos vástagos de harmala o gamarza”,

Noche del 9 de noviembre: 3:05,

  • ¡Cierren esa puerta!, ¡Cierren esa puerta! —su cara reflejaba inmenso terror, tanto que me recordó a los conocidos dibujos de los cuadernos de Darwin en su afamado estudio de las emociones humanas.
  • Pero Andrés, tranquilo, está cerrada —replicó la enfermera.
  • No, no lo está, ¡cerrar la puerta de los muertos! —respondió inmediatamente con la expresión más angustiada que yo haya visto nunca —la mandíbula desencajada pintaba en su rostro una mueca horrible.

Elena, la auxiliar, casi se desploma. Esa misma tarde, en el hospital, había fallecido un paciente en la 3ª planta. Cuando Paco y Ramón, los celadores, lo bajaron al sótano para dejarlo en el mortuorio, se habían estremecido. Deberían estar acostumbrados, son expertos veteranos y buenos profesionales, pero percibieron algo extraño en el limitado espacio del ascensor, ese estrecho cajón mecánico sin espejos que anda trasegando día y noche gente de un piso a otro para evitar las sufridas escaleras. Fue hasta tal punto que Ramón comentó “¡qué mal rollo!” sin dejar de mirar a la sábana que cubría al finado.

Esa noche, en el mortuorio, se juntaron tres fiambres: Román y dos pacientes más del día anterior; la puerta, como sucedía a menudo, había quedado abierta por el descuido de alguien que debió entrar y salir después de ellos.

Dicen que algunas personas, porque son más sensibles a las denominadas “presencias psíquicas” o por lo que sea, pueden percibir o incluso ver cosas y fenómenos que a otras les está vedado. Sin embargo, según algunos psicólogos, los denominados “visitantes de dormitorio” son una personificación creada por el propio individuo en función de su propia personalidad, pero no tienen realidad sustancial autónoma. No sabría aseguraros cuál de las dos versiones es la correcta —acaso lo sean ambas o ninguna lo sea—, ni si esto es así o no lo es, pero para A. lo fue, al menos esa noche del 9 de noviembre, eso es evidente.

Lucía, la enfermera, le tranquilizó inmediatamente “cálmate Andrés, que no hay nadie asomando por esa puerta”, pero le costó mucho más apaciguar a Elena, la cual no pudo recuperar la normalidad y anduvo sin aliento y con temblor de manos durante más de una hora.

En fin, que eso es lo que aconteció. Podréis pensar que lo que estoy contando es una burda invención mía o quizá producto de la febril imaginación de un paciente enfermo, que, dado que está en paliativos, bien podéis suponer que no tardará demasiado en reunirse con nosotros…, aunque os puedo asegurar a ciencia cierta que lo que vio Andrés esa noche fue verídico; doy fe de ello, os doy mi palabra… Y podría hasta jurarlo si hiciese falta, aunque a estas alturas del relato creo que es totalmente innecesario, ¿no os parece?

Porque, como bien imagináis, soy uno de los tres difuntos que esa noche estaban en el umbral.

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