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Late, corazón, late, (Capítulo V)

Late, corazón, late, (Capítulo V)
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Pacto con el diablo (una cuestión de tiempo) (II)

  • ¿Cuánto necesitas?
  • Mucho — respondí con rapidez sin dejar de clavar mis ojos en sus pupilas de manera tan arrogante que creo que hasta lo dejé confuso, como dudando por haber aceptado tan rápido mi peculiar proposición.
  • Necesito todo el que yo quiera; necesito “todo el tiempo del mundo” — añadí esbozando una sonrisa para tranquilizarle.

(Era un decir, una “manera de hablar”, ya me entendéis.)

  • Pero —continuó Satán—, eso no puedo dártelo, las leyes del universo son “las Leyes del Universo” y ni Dios puede cambiarlas... Él las creó y los físicos las han formulado... ¡Ni siquiera Dios puede cambiar sus propias leyes! ¿Cómo voy a poder hacerlo yo?

(Todos sabéis de sobra que el concepto del tiempo no lo entendemos muy bien hasta más o menos cumplidos los siete años (aunque ya desde los tres nos hacemos una ligera noción de qué es eso). El “tiempo” es un período determinado durante el cual se desarrolla un acontecimiento o se realizan una o varias acciones. Ayer, hoy, mañana..., antes o después..., ahora mismo... Parece sencillo pero no lo es tanto, os lo aseguro. Jean W. F. Piaget intentó explicarlo desde el punto de vista de la psicología y la comprensión humanas, pero los grandes físicos que se adentraron por los caminos de las leyes universales complicaron la cosa hasta extremos inconcebibles. El pasado y el futuro se confunden y hacen más difusos con la mecánica relativista. Ya no está claro ni siquiera si los acontecimientos simultáneos son realmente de esa manera, ya que parece ser que dependen del observador y tienen que coincidir además en el espacio ¿??? Para la Teoría de la relatividad dos sucesos enlazados causalmente tienen un “interior topológico” que constituye un conjunto acronal y es como una región abierta en el espacio-tiempo en la que cuesta situar de manera inequívoca el “pasado” o el “futuro” de forma que no se puede probar o, dicho de otra manera, no existe prueba alguna que demuestre que el tiempo sea objetivo ¿??? ¡Vaya lío nos habéis hecho, Einstein, Minkowsky, Luhman, Penrose y los demás!)

  • ¿Y cómo conseguiste entonces que cediera a tu propuesta? —preguntó Elena—, ya que deduzco que, por lo que sugieres, al final lo conseguiste.
  • Pues muy fácil, amiga; le dije: “Vale, eso no lo podemos cambiar, pero entonces habrá otras maneras y yo tengo pensada una”.
  • “Te escucho” —respondió intrigado el Señor de las tinieblas.
  • Muy sencillo, —añadí— ya que veo que no tienes tanto poder como creía —no perdí la oportunidad de “tirársela”. (¡Eso es soberbia!, ¡qué asco de persona humana estoy hecho!)—, no puedes manipular el tiempo, al menos en el modo en el que te lo pido, se me ocurre que lo que si puedes hacer es..., es..., ¡eliminar a todos los que me hagan perder el tiempo!

Su cara reflejó sorpresa... Permaneció pensando durante diez largos segundos que, a fe del sudor que se acumuló en su frente, fueron confusos, aunque pasado ese amargo rato sonrió de nuevo con suficiencia demoníaca (nunca mejor dicho) y estrechó mi mano sellando un pacto sin vuelta de hoja y aparentemente fácil de cumplir...

Un silencio espeso, que se podía cortar con un cuchillo, se ha apoderado de la estancia a mediodía. Todos me han mirado con una mirada que mezclaba repulsión, curiosidad y cautela, pero no he añadido nada más ni he contestado a pregunta alguna que no haya sido formulada. El silencio se podía cortar con el cuchillo de cocina más romo.

(Mientras tanto, continúo dando la vuelta una y otra vez a mi reloj de arena... Cuando se me acabe el tiempo dejarán de resbalar las partículas de arena por el interior de cristal. El diablo vendrá a reclamar mi alma pero para recogerla tendrá que rebuscar entre esa arena —pues es ahí dentro donde la tengo escondida— y tendrá que voltear mi reloj de arena para encontrarla. Y entonces, al hacerlo, se volverán a poner en marcha de manera inexorable mis minutos...)

Creo que he descubierto la inmortalidad,

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