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De las lamparillas a Halloween

“Después de todo la muerte solo es un síntoma de que hubo vida.” (MARIO BENEDETTI)

Eran unas lucecitas angustiadas, titilantes en las sombras de la noche. Flotaban en el aceite como varadas en una orilla sin destino. Un viento incierto las hacía vagar de un lado a otro de la vasija, un viaje sin retorno, coincidiendo en su travesía de la memoria y de los olvidos.

Mi madre, fiel a la tradición, todos los años, cuando el calendario anunciaba el mes de noviembre aparecía en casa con unas cajitas de cartón muy pequeñitas, las llamadas lamparillas o mariposas de San Juan Bosco. Yo observaba el ritual y al tiempo preguntaba curioso por qué aquellos corchitos con una velita de cera flotando sobre una nube de aceite le provocaban tantas lágrimas. El caso es que el número de mariposas se iba incrementando con el paso de los años.

Primero fue el abuelo, después la abuela, un hermano, algún amigo cercano. Ella me lo explicaba entre la severidad y la nostalgia, aunque yo percibía en ella el dolor infinito oscilando entre la balsa de aceite y el olor inconfundible que aquellas lamparillas derramaban por todos los rincones.

En nuestra casa tan pequeña no podías escapar de su presencia durante el tiempo que duraba el ritual, de esos faros chiquitines, como atolones de misterio que se introducían en mi cerebro de niño y apenas me dejaban conciliar el sueño. En mis viajes nocturnos al baño, me detenía un ratito y observaba los barquitos a la deriva. En cada uno de ellos, según mi madre, estaban representados todos nuestros seres más queridos, los que fallecieron e incluso a los que jamás llegué a conocer pero que formaban parte de la rogativa por su alma.

Me contaba, que ya por entonces, esa tradición se estaba perdiendo, pues solo se acudía a ella en el día de difuntos, pero que hace mucho tiempo, en su casa del pueblo la abuela las tenía encendidas de forma permanente en la sala todo el año. Las mariposas no solo velaban sin descanso por las ánimas del purgatorio, sino por asuntos más inmediatos como la precaria salud de un familiar, la guerra, el destino incierto del hijo que se va a la mili, la cosecha o tal vez un trabajo.

Cuando eres niño te imaginas un mundo sin final. Pero pienso que cada una de las mariposas encendidas me ayudaron a comprender que la vida y la muerte no eran una tragedia, sino el destino que nos pertenece por el solo hecho de haber nacido.

En la España gris de mi infancia todo se invocaba como terrible e irónico a la vez: los camposantos, las misas por el difunto, el luto de las mujeres, la presencia permanente de la iglesia como destino y salvoconducto de salvación, las masas enfervorizadas y obligadas en la plaza de Oriente, el primero de mayo en el Santiago Bernabéu, las Siete Estaciones en la Semana Santa, el desfile de la Victoria, las aventuras de El Lute, la Virgen por turnos metida en su hornacina y el tamborilero de Raphael en el Teatro Real.

Yo creo que nadie creía en nada por mucho que lo quisiéramos aparentar. Los unos acudían por mantener los privilegios que les habían otorgado, los otros por miedo. Ese temor del que hablaba mi padre cuando se suscitaba alguna conversación comprometida en casa: “Ojito, de esto ni una palabra en la calle”.

El otro día, cuando mi hijo se puso un traje de esqueleto y se fue por el barrio con un grupo de amigos, todos disfrazados como una semblanza y burla de la muerte y se dispusieron a pedir caramelos con su truco o trato, recordé las lamparillas de San Juan Bosco y su olor inconfundible a sacristía.

No me gusta ni entiendo qué leches es esto de Halloween, ni quién, con encomiable sabiduría comercial nos lo ha impuesto. Pero sin lugar a dudas le prefiero comiendo chuches y riendo que embargado por el recuerdo y la melancolía de quienes ya jamás volveremos a ver. Si es o no una falta de respeto a nuestros muertos tanta frivolidad, que cada cual resuelva su problema como pueda, pues si observamos otras culturas, tan encomiables como la nuestra, nos sorprenderemos de su forma de afrontar desde siempre el día de difuntos como una fiesta. Con la certeza de que todos acudiremos a esa cita algún día.

Entiendo que a los muertos se les puede honrar y evocar desde el respeto y hasta la fiesta. Sin embargo, por estas fechas mi memoria me traiciona siempre con la nostalgia de aquellos días, aún con los grises nubarrones que nos invadían, las misteriosas lamparillas de San Juan Bosco y las personas con quien pude compartirlas.

De las lamparillas a Halloween
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