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Del 16 al 22 de abril de 2018     

BLOGS > Memento Mori

Tengo la sensación de que cada vez es más difícil distinguir la verdad de la mentira. O lo que es peor: que cada vez importa menos lo que es cierto ante conseguir los objetivos que muchos se plantean. Nunca como hasta ahora el fin justifica los medios, y esos medios son, en muchas ocasiones, los que deberían salvaguardar la certeza de los hechos. Pero la verdad y la mentira también toman partido. Y para justificar esta situación hemos acuñado un término: posverdad, que viene a ser una forma elegante de decir Donde digo Digo, digo Diego.

Escribo estas palabras conmocionada por la muerte del pequeño Gabriel. Bueno, si he de ser exacta, horrorizada por este asesinato que te hiela la sangre en las venas. Una vez y otra se me viene a la mente la imagen de la madre, su dolor, su desesperación, su calvario que día tras día ha debido de soportar, sostenida en pie por la sola idea de volver a ver a su hijo.

En la vida nos encontramos con malas personas. No me refiero a las que alguna vez nos hacen lo que vulgarmente se dice una “faena” (inconscientemente incluso), sino a quienes adrede, aposta, a sabiendas, hacen daño con el propósito más destructivo. El problema es que no siempre las reconocemos, y cuando lo hacemos suele ser demasiado tarde, bien porque su destreza en ocultar su maldad es grande, o porque no se había hecho nada, hasta ese momento, que provocara su maldad. Puede pasar tiempo, años, sin que ese sentimiento perverso surja, hasta que un día algo lo pone en marcha. Ese algo suele ser la envidia.
El comienzo del año es un periodo de propósitos, de cambiar aquello que a nuestro parecer no ha funcionado. Puede ir desde dejar de fumar o empezar una nueva dieta que de una vez por todas nos haga perder esos kilos que nos pesan demasiado, hasta realizar ese viaje soñado. No digo que no haya quien lo lleve a cabo, pero el ser humano es un animal de costumbres y, normalmente, a la altura del Miércoles de ceniza ya se han olvidado, y hemos vuelto a la misma situación de antes de comer los turrones.

Pues sí, mis queridos lectores, como cualquier compatriota que se preocupe por la marcha de nuestro país, he sido abducida por la preocupación sobre el proceso catalán, una especie de sanguijuela que durante semana ha ido chupando la sangre de la actualidad, dejando temas fundamentales, tales como la corrupción o los presupuestos del estado.

He de confesarlo, mis queridos lectores, soy una mujer desconcertada. Total y absolutamente. Tal y como se decía en mi juventud me siento como un calamar en un garaje (analogía en sí misma ya desconcertante).

La vuelta del verano siempre necesita de adaptación, porque hábitos y costumbres que mantenemos durante nueve meses parece que se nos van con la poca ropa, el calor y la bebida fría. Eso ha sido así desde que el ser humano goza de vacaciones, y unos con más tiempo y otros con menos, acabamos volviendo a la rutina.

Siento que en este artículo, en plena canícula veraniega, no voy a ser políticamente correcta. Por eso pido perdón por delante a quien se puede sentir identificado con alguno de los comentarios que en este artículo expongo, algo cansada de observar una sociedad que ante situaciones que nos debería de remover de los pies a la cabeza se muestra, sino indiferente, poco reactivo más allá de la queja diaria.

Nunca he ocultado mi adscripción política, de la que me he sentido orgullosa a pesar de los difíciles momentos en etapas pasadas y presentes. No es fácil militar en un partido político cuando se te ponen todos los vientos en contra y el temor a zozobrar es muy grande.

Nada tiene que ver con la religión, que es cuestión de fe. La militancia es cuestión de convicción y de coherencia con la propia manera de ver y querer que sea la sociedad.

Podría pensarse, queridos lectores, que mi artículo tiene la intención de versar sobre la leyenda clásica que narra la historia de Europa, joven fenicia de la que se enamoró Zeus, quien convertido en toro la raptó, hizo suya y cuyo nombre quedó unido a nuestro continente.

Sin lugar a dudas este tema sería más amable. Pero no, esta vez mi reflexión se viste de tintes más oscuros, relacionados con todo lo que en estos tiempos lleva sufrido este que llamamos el viejo continente.

Ésta es la frase tan conocida (para algunos la única) de Mariano José de Larra, periodista y escritor romántico que se pegó un tiro por amor (detalle que también hace que sea conocido como su frase).

Quizá para algunos sea una exageración o simplemente el fruto de unas circunstancias espacio temporales propias de la España del siglo XIX, en la que la mayoría de la ciudadanía era analfabeta.

Años después (bastantes) un poeta como Luis Cernuda apostilló, ampliando el continente y el contenido: «En España escribir no es llorar, es morir»

Las mujeres ocupamos, dígito arriba, dígito abajo, la mitad del planeta. Es decir que somos, en cuanto a numero de habitantes, equiparables.

Sí, sí, mis queridos lectores, seguro que estáis pensando que ya se me ve venir. Pues claro, como no aprovechar las fechas en que estamos para hablar del papel que las mujeres tenemos en esta sociedad, ahora, y el que debemos ocupar.

Todos, o casi todos conocemos la fábula de la cigarra y la hormiga, que dicho sea de paso es uno de los ejemplos de insolidaridad más grandes que conozco. Sí, esa que cuenta como la laboriosa hormiga dedica el buen tiempo veraniego a almacenar comida, mientras que la ociosa cigarra canta y se divierte como si fuera un perroflauta cualquiera, hasta que llega el frío y solicita la caridad desoída del pequeño animalejo.

Vivimos en un país hipócrita. Sí, mis queridos lectores, así es. Un país que esconde sus verdaderas intenciones y disfraza de bondad sus acciones en aras de una intencionalidad espuria.

Sé que no es un buen planteamiento para este primer mes del año, que se suele dedicar a los buenos propósitos: ir al gimnasio, dejar de fumar o leer cinco libros al menos. Pero es que la realidad es tozuda y emerge para ratificar esto que afirmo: vivimos un tiempo absolutamente esquizoide.

¿Por qué? Os preguntaréis, con razón. Pues permitidme que en unas pocas líneas intente explicarme.

Siete y media de la mañana del martes 8 de noviembre de 2016. Abro los ojos.

La radio, conectada al despertador, anuncia la posible victoria de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de América. El estómago me da un vuelco.

Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?

“¿Hasta cuándo has de abusar de nuestra paciencia, Catilina? ¿Cuándo nos veremos libres de tus sediciosos intentos? ¿A qué extremos sé arrojará tu desenfrenada audacia?”

Aquellos que seguís mis andanzas en las redes sociales sois conocedores de lo intenso de mi actividad durante la pasada campaña electoral como militante del partido socialista.

Confieso que he acabado agotada de debatir, sobre todo en Facebook, con tirios y troyanos, porque en ocasiones era como hablarle a un muro. Y no quiero que esto se interprete como si, peyorativamente, señalara la estulticia de mis interlocutores, sino que, simplemente, se habían pertrechado tras unas consignas repetidas hasta la saciedad, convirtiéndolas en una muralla inexpugnable.

Escribo este artículo completamente conmocionada por la muerte de la diputada laborista Jo Cox, y cuando todavía resuenan los ecos en los noticiarios de la matanza de Orlando.

Os diré, mis queridos lectores, que estoy francamente preocupada por la violencia, explícita o soterrada, en la que estamos viviendo.

Solemos tener la extraña manía de considerar que aquello que no nos rasca el bolsillo no tiene valor. Tal vez porque a menudo confundimos valor con precio.

Y algo así nos está pasando con el tema de la corrupción, cuyo foco está en aquellos que se han llevado el dinero público o los favores para medrar.

En mi opinión se está dando otro tipo de corrupción tan grave como aquella que señalamos, que es la de la manipulación, fundamentalmente informativa.

Así cantaba el grupo Mecano en los ochenta. Un paraíso que se montaban en su piso, no sabemos si por falta de recursos o por aquello de la rima.

El paraíso, ese lugar que los que ya tenemos una edad suficiente relacionamos con Adán y Eva, el pecado original y el inicio del sexo.

Ya llevo tiempo sumida n un auténtico estupor. Mi capacidad de asombro a diario no tiene límites. A veces pienso que, de tanto imaginar, me he colocado fuera de la realidad.

A lo largo de mi vida, que ya va siendo larga, han ido anidando en mí tres pasiones: la empresa, la política y la cultura, no necesariamente en este orden. Y, también, he tenido la oportunidad y la fortuna de poder desarrollar estas tres actividades.


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