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Aserciones sobre la felicidad (V)


A veces es mucho peor. Sabes que te vas a encontrar de nuevo en situaciones similares. Pero ésa es irrepetible. Ésa era única e irrepetible. Es para echarse a llorar. No voy a precisar más sobre este particular, ya que cada uno tiene vivencias muy personales y no tengo intención de contarles las mías. A ustedes no les incumben, tienen las suyas propias que, seguramente, tampoco me van a relatar.

Es un asunto delicado. Pero pueden hacerse una idea de lo que intento explicar. Estoy seguro de que más adelante rememoraremos nuestras vivencias –ustedes las suyas y yo las mías- con mucho cariño, con ternura, o con nostalgia o pena quizá, no sé, pero ya no será lo mismo. Es doloroso. (Acaso algunas fotografías hayan intentado atrapar el suceso: un imposible.) Empezó a no serlo en el mismo instante en que dejó de suceder –lo sabemos-. El paso del tiempo es un destructor formidable, erosiona más que el agua y el viento; mucho más que los ríos torrenciales o los huracanes. Esos despiadados minutos que marca el reloj, uno tras otro, van a ir transformando en nuestra memoria los recuerdos y, de la manera más inmisericorde, borrarán el recuerdo de nuestras sensaciones durante aquellos momentos. Nuestra cabeza fijará esos instantes de felicidad sin duda, pero los idealizará y, por eso mismo, los habrá destruido. Nuestro cerebro los conservará como en formol, como los animales de un museo, intentará parar el paso del tiempo (Cronos, dios implacable y cruel): esfuerzo inútil. No será fiel. No puede serlo porque no tiene la capacidad para registrarlos con veracidad.

Yo intenté reflejarlos por escrito. Peor. Jamás podré expresar con rectitud esas impresiones –eso lo sé, mi repertorio literario no da para tanto-. Ni siquiera podría aproximarme a una versión más o menos digna y fiable. De todas maneras, para ser sincero, no creo que nadie sea capaz de expresarlas con exactitud. Las palabas, el idioma, no son suficientes –ningún idioma lo es- para expresar las emociones y sentimientos humanos en su verdadera extensión. Las palabras no son suficientes para alcanzar su esencia ni sus complejos matices, ¡si ni siquiera los comprendemos nosotros mismos!

Acabé arrugando las cuartillas y arrojándolas a la papelera.

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