Tenemos tanto y tan constante contacto con la información que nos estamos desnaturalizando.
Apenas nos impresionan hechos que deberían producirnos escalofríos e impedirnos conciliar el sueño.
Hace apenas unos días, un terremoto conmovió las entrañas de la tierra allá en el Perú. Los noticiarios se hicieron eco durante días. Vimos la destrucción y la muerte campando a sus anchas por lugares ignotos para la mayoría de nosotros; vimos el dolor de las víctimas, el de sus allegados en nuestras ciudades donde, en general, desempeñan labores de servicio en nuestras casas, para enviar unos euros a su país y ayudar a sus familias a sobrevivir.
Al poco tiempo apareció el Peloponeso en llamas. La impotencia de esos griegos medio axfisiados por el humo para contener las llamas de unos incendios causados por manos asesinas, quedaba perfectamente reflejada en las pequeñas pantallas.
Esta mañana, un accidente terrible en la M40, ahí al lado, segaba la vida a casi toda una familia.
Todos los días hemos visto el cabalgar de la muerte y la destrucción, allá lejos, más cerca y casi a nuestra puerta.
Todos los días nos hemos sentado a la mesa y hemos comido tan tranquilos miemtras lo veíamos. Apenas algún comentario distraido ha salido de nuestras bocas.
A fin y al cabo no son sino las cosas de todos los dias. Ver
Francisco José de Pablo Tamayo
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