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Por Francisco Mayoral
El viaje a ninguna parte
Suele decirse que tú eres como ves el mundo
AUGUST BECKER
No cabe duda que para todo viajero que se precie, uno de esos viajes soñados son los más de nueve mil kilómetros del Transiberiano. De Pekín a Moscú, un recorrido mítico, emocionante, lleno de sensaciones entre gentes variopintas y paisajes remotos. Pues bien, ya no hace falta que usted se desplace tan lejos, ni que se deje los ahorros de su vida, tampoco que ponga en riesgo alguno su integridad. Acaban de inventar una página web, donde, desde el cómodo sofá de su casa, frente al ordenador, te permite visitar esa estepa helada, esos lagos grandiosos con toda la recreación de sonidos del tren, el traqueteo de las vías; quizás conversaciones y el tintineo de los cafés en el vagón comedor. Una ventanilla imaginaria que alimenta el conocimiento, claro, pero elaborado por los autores de esta genialidad de tal forma que las impresiones del espectador sean en alguna manera las que nos quieran provocar.
En un viaje entran en juego todos los sentidos y cada cual los asimila según sus posibilidades. Un viaje son las personas que conoces, las dudas del camino correcto, las emociones de las fronteras, descubrir tus propios límites, el espectáculo de la vida en toda su magnitud.
Sin embargo, parece ser que ése es el futuro que nos aguarda. Y este preámbulo en forma de viaje putativo no es más que una muestra más de cómo la máquina le come poco a poco el terreno al ser humano en su imprescindible comunicación.
Todos recordamos cuando íbamos al Banco, todo un acontecimiento aquellas columnas de mármol, conserjes abotonados de arriba abajo y ese señor impecable detrás de la mampara que servía de garante de nuestros dineros. Las puertas de entrada metálicas y giratorias, las arañas del techo con millones de cristales como ojos escrutadores de todos los clientes. Ahora ya apenas resisten al paso del tiempo, son como una reliquia del pasado, un museo para nostálgicos y desocupados. Lo que se lleva ahora es utilizar Internet como gestor imprescindible de un pago, una transferencia, una consulta de cómo van nuestros intereses, el tiempo que nos queda para finalizar la hipoteca, los últimos fondos ventajosos. Facilitamos una cuenta y a ella nos cargan los recibos de la luz, el gas, el colegio de los niños, la nómina, la comunidad, los impuestos del Ayuntamiento. Y si necesitamos dinero urgente, recurrimos al cajero automático. No sabemos ni conocemos quién hay al otro lado de este enjambre de líneas e intereses, si son hombres o mujeres y cómo es su rostro. No los necesitamos.
Cuando queremos plantear una reclamación o duda a empresas que prestan servicios tan imprescindibles como la telefonía, el gas o la luz, difícilmente podremos establecer una cierta cordura con nuestro interlocutor, una voz anónima seguramente más allá de los mares a miles de kilómetros frente a una pantalla de ordenador nos ofrecerá escuetas explicaciones. Eso si no nos perdemos antes entre vocecillas metálicas que te piden hasta la temperatura antes de llegar a realizar la pregunta.
Ya no hay que ir a la agencia de viajes para conseguir una buena oferta de vacaciones y que un profesional te aconseje lugares y destinos adecuados a cada necesidad. Dentro de poco abandonaremos definitivamente ese recorrer pasillos repletos de alimentos y otros productos con un carrito. Esperar la cola de la carnicería o pescadería, tan pesada como ilustrativa sobre las personas con las que te ha tocado vivir.
Dicen los más agoreros que el papel impreso dejará de existir, no habrá kioscos ni kioskeros con los que compartir unas chanzas. Las librerías escasearán y no sé yo si hasta las bibliotecas serán como los mostradores de cinc de las tabernas antiguas. Parece ser que unos aparatos que llaman ipads sustituirán el crujir de las hojas al pasar, y sobrarán las estanterías repletas de enciclopedias pues las entrañas de esas máquinas pueden acoger miles y miles de datos.
Nos comunicamos por correo electrónico. Enviamos mensajitos por el móvil incluso para felicitarnos el Año Nuevo: fácil, cómodo, barato y sin el engorro de que nos pille el deprimido de turno y nos cuente su milonga. Nos tomamos el café en la máquina de la oficina, también hay una de sanwichs y otra de refrescos. Para qué ir al cine o a un concierto si nos podemos bajar la película o la canción de la caja mágica. Chateamos en vez de quedar y compartir unas cervezas y conocemos a nuestro amor en un previo juego de mentiras y supuestos en Internet.
Las relaciones personales han muerto, bienvenido Google.
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