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Por Francisco Mayoral
Jubilaciones y sentido común
El fuego de la leña verde, proporciona más humo que calor.
(PROVERBIO ESPAÑOL)
“Cuántos jubilados forzosos dejan una estela, un vacío irreemplazable que, por culpa de algún estúpido legislador, nos vemos privados de seguir disfrutando”
Me resulta difícil imaginarle bailando “los pajaritos” en el invierno vacío de Benidorm. Haciendo flexiones en una playa del Mediterráneo junto a un puñado de contemporáneos. Si no fuera por ese ahorrillo tan estimable, pienso que se ruborizará cuando suba al transporte público enarbolando su preciada tarjeta de la Tercera Edad.
Esa fina Hoja Roja de la que nos habló nuestro llorado Delibes, ha aparecido en el librillo de su existencia. Un aviso sin duda equívoco e inexacto, pues en el alma y el sentir humano no deberían existir doctrinas, leyes impuestas que establecieran la aptitud o no para seguir prestando un servicio, un rendimiento a la sociedad.
Conozco personas, que con veinte años menos de los que dicta esa guadaña existencial que te indica el paro forzoso, deberían acatar el retiro. Recibir esa donación que de forma tan necesaria se presta a los que ya no están capacitados para seguir bregando y largarse a descansar. Y claro, cuántos jubilados forzosos, dejan una estela, un vacío irreemplazable que, por culpa de algún estúpido legislador, nos vemos privados de seguir disfrutando.
Conozco de su valía, humana e intelectual. Y cómo le segaron las alas hace ya muchos años cuando le impusieron bajo el sutil barniz de la sugerencia ventajosa, dejara los trastos laborales en plenitud de sus facultades. Son esas macroempresas, financieras algunas y otras que se ocultan en el beneficio hipócrita de lo público, las que especulan con la salud y el futuro de todos nosotros. En aquella ocasión le dieron el primer aviso, hace unos días le certificaron el definitivo, el que figura en su documento nacional de identidad.
Entiendo que no hay inocencia y sí muchos intereses espurios por parte de quien pone en titulares y alimenta la polémica sobre la edad de jubilación. Si apelamos al sentido común, podemos entender que hay trabajos que por sus características exigen un desgaste físico mayor que otros, en los cuales, precisamente es la experiencia acumulada con los años, la que revierte en una mayor capacidad y beneficio común. Cuántos conocimientos, cuánta sabiduría, cuánto saber hacer, quedarán baldíos, perdidos en el disco duro de una entidad bancaria, en los archivos y la retina de los trabajadores de nuestra televisión. Y por el contrario, hay hombres y mujeres que arrastran sus cuerpos cansados, hastiados de tanta lucha, soñando con esas hojas de calendario que tanto se demoran en caer y pesan como una losa.
Le conocí cuando era la mayor autoridad política local. Más tarde, retirado ya, o tal vez desencantado de tanto advenedizo salvador, volvió a sus tareas y vocación gestora e informática. Pero no pasaría mucho tiempo cuando le cambiaron el paso y por esas cosas de la jubilación anticipada, le pusieron con sueldo pero sin funciones en la calle.
Sin embargo, su vitalidad innata, que él asegura procede de los fríos burgaleses, le hizo rebelarse y continuar en tantas luchas como causas consideró justas y necesarias. Continúa siendo esa mosca cojonera que tanto incomoda, pues conoce los intestinos del consistorio y los meandros de la vida. Le invitan a foros de relevancia social, forma parte de jurados populares y sin lugar a dudas es uno de los personajes, que cualquier encuesta certificaría, más conocidos del paisaje ripense.
Consta en los archivos de esta revista su implicación y sus ideas inequívocas. Su cultura bien dosificada entre la ironía y la socarronería. Y por qué no decirlo, su colaboración permanente en la trayectoria de este Medio de Comunicación.
El otro día me comentó con algo de sarcasmo que le habían jubilado. Que esa hoja roja de la que hablaba Don Miguel había aparecido. Su filosofía hedonista le ha permitido salir airoso de esa injusta ley que marca principios y finales.
Sin embargo, conozco demasiadas personas que se quedaron varadas, sin respuesta, ancladas en la impotencia de no atisbar el fin o aterradas porque se les echó encima.
Estoy seguro que seguiré compartiendo con Francisco José de Pablo Tamayo, Paco de Pablo para los amigos, unas cervezas, su carcajada profunda y su cultura.
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