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Por Francisco Mayoral
Reina por un día
Donde no puedo satisfacer la razón me complace entregarme a la fantasía.
THOMAS BROWNE
Sin duda fue uno de los programas de mayor éxito de la televisión española de los años sesenta. El argumento era sencillo, mujeres de ámbito social y económico humilde, enviaban cartas con el deseo de ver cumplidos sus sueños. Éstos generalmente eran bastante sencillos, volver a ver al hijo que se marchó de casa hacía mucho tiempo, poseer una lavadora o televisión, conocer algún famoso, vestir uno de aquellos vestidos que sólo veían en las protagonistas del cine, un viaje, descubrir el mar,…Lo presentaban dos grandes de la tele de entonces, Mario Cabré y José Luis Barcelona, algo así como los más actuales Jesús Vázquez o Carlos Sobera. El programa se llamaba Reina por un día y la afortunada, además de recibir el regalo que solicitaba, era sentada en un trono con la correspondiente corona, el aplauso del plató y los lagrimones de millones de espectadores que contemplaban arrobados el milagro.
No hemos avanzado demasiado, tampoco en lo perverso de convertir los sueños y miserias de la gente en un espectáculo y venderlo como un cargamento de generosidad. Seguro que muchos han visto la fantástica película india Slumdog millonaire, ganadora de ocho oscar y su encantadora protagonista, Rubina. Quién sabe por qué extraños misterios fue elegida entre los millones de niños que viven en la miseria en la ciudad de Bombay, para ser la estrella de la alfombra roja, convertirse en la reina de Hollywood y ser ahora la víctima frustrada y engañada de su aldea. Le prometieron dinero y futuro, dice su padre, al que ahora acusan de querer venderla. Solucionaría las penurias de su familia después de aparecer en las fotos de todos los medios de comunicación del mundo, pero la realidad es que todos los que se forraron con la película la han olvidado a la suerte de su chabola de hojalata y a cualquier vocero de tabloide o programa de televisión basura cuyo único objetivo resulte la audiencia a corazón abierto.
Quién sabe qué sucederá con Susan Boyle, esa cantante fea que segundos antes de comenzar a cantar en un programa concurso de la televisión escocesa, el Tú si que vales español, era el hazmerreír tanto del jurado como del público, que no podían ocultar las burlas a su físico y vestuario desaliñado. Pero otra vez el destino caprichoso hace que el patito feo se convierta en la pasión de espectadores y objeto de deseo de todas las urracas del planeta mediático. Cien millones de espectadores la han visto en Youtube y hasta le han ofrecido su virginidad por un puñado de dólares catódicos. Es decir, porno en directo a una mujer que según dice jamás la besó un hombre. No cabe duda que su reinado durará lo que tarde en descender la audiencia y Susan, por más que lo sueñe, jamás logre debutar en el Carnegie Hall.
Decía Andy Warhol que todo ser humano tenía derecho a un par de minutos de fama y de gloria en su vida. Lo mezquino, es el formato-espectáculo en que se han convertido las vidas ajenas: se vende la intimidad por unos cuantos euros, las miserias de un puñado de cretinos encerrados en una casa sometidos a una permanente vigilancia de televisión. La gloria efímera de una operación triunfo repetida hasta la saciedad entre un grupo de adolescentes que son capaces de aguantar los insultos de un necio con tal de sentarse en ese trono que les otorgue el primer plano de una televisión.
Son los reyes y las reinas del circo, del espectáculo, del mercadeo de lo soez en el firmamento de lo efímero, de lo banal.
En estos últimos tiempos, de crisis y decepciones, ha habido muchos reinones y reinonas del éxito fugaz. Eran los nuevos ricos, consecuencia del pelotazo del ladrillo, de la especulación más que la inversión. Millonarios sin derecho pues poco hicieron para merecerlo si no es por el devenir de la mentira creíble e interesada. Han sido unos años de champion league de la economía, donde el más torpe podía endeudarse hasta el cogote con el consentimiento y la promesa del banco amigo y la de un gobierno que prometía un futuro aún más espléndido sin confesar que lo que únicamente les interesaba era la audiencia. Nadie les dijo que a la vuelta de la esquina, la decepción les atraparía y de aquel trono lleno de diamantes sólo quedaría la miseria. Tienen casas sin vender y coches a los que no pueden echar gasolina. Pensaron que la vida era un karaoke, como la niña de la india, la chica fea de Escocia o las mujeres de aquel programa de Mario Cabré, pero sin saber que sólo serían reinas por un día. Ejecutivos millonarios en paro, imperios de la construcción que se tambalean, jugadores de bolsa que no tienen ni para la bono loto. Periodistas, notarios, fontaneros, abogados, albañiles, amas de casa, barrenderos, campesinos, militares, profesores…todos tienen el derecho a soñar.
El problema es despertarse…o que te despierten.
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