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Por Francisco Mayoral
El sueño de la razón produce monstruos
El último paso de la razón consiste en reconocer que existe una infinidad de cosas que la superan.
PASCAL
Parece una broma macabra. Días antes del luctuoso acontecimiento, nadie hubiera dudado de su comportamiento, decían de él que era educado, buena gente, amable cuando lo encontrabas por la escalera y siempre bien arreglado. Incluso entre sus compañeros de trabajo las referencias a su persona resultaban intachables. Ahora nadie da crédito, resulta inexplicable que aquel vecino, amigo, camarada, pudiera aplastar el cráneo de su novia o compañera, de la chica que pasaba por casualidad por allí. Que la violara y arrojara después sus restos donde nadie pudiera encontrarlos.
Fue Mary Luz, ahora Marta y antes…, y dentro de poco…Quién sabe si la persona con la que tomamos café de forma habitual, charlamos de la familia o de problemas cotidianos, esconde una mente perversa y detrás de esa pose afable, prepara el escenario de quién será su víctima. No podemos adivinar ni aventurarnos en conjeturas siniestras sobre las personas que nos rodean, pero resulta al menos inquietante saber que el próximo titular del periódico puede ser nuestro nombre o el de alguien muy allegado. No resulta recomendable dejarse llevar por tesis paranoicas en nuestras relaciones sociales, observar en los ojos de nuestros próximos un halo de locura, un rictus de enajenación. Cómo mueve sus manos, qué reacciones tiene cuando le comentamos las penurias o bondades de nuestra existencia. Si ese piropo, esa mirada a la joven que pasaba por allí o con quien mantiene relaciones, va más allá del amor o el afecto y en su mente prepara una estrategia asesina.
Recuerden a ese otro personaje que escondía desde hace un montón de años a su hija, a la que violaba desde niña y con la que tenía varios hijos. El tipo era respetado en su comunidad, incluso acudía a los servicios religiosos y mantenía una pose de decencia inmaculada. Quién, cómo podíamos objetarle mancha alguna a su actitud y convivencia. Sin embargo, una vez descubierto, siempre por casualidad, la reacción de los que le rodeaban siempre es la misma: incredulidad, ¡cómo es posible! ¡no me lo puede creer!
De Puerto Hurraco hablamos todos como de algo relacionado con la España negra, aquellos personajes llenos de odio, capaces de agarrar una escopeta y justificar sus odios y rencores en una batida nocturna de pólvora y muerte. La hiel estaba anclada en sus cerebros, fue creciendo, alimentándose por el tiempo hasta que estalló dejando una magnífica crónica negra para las páginas de sucesos y cineastas realistas.
Estalló una bomba, reventó hombres y mujeres. Esperanzas de vida quedaron derramadas por el suelo sin posibilidad de ser reconstruidas. El ángel de la muerte, héroe de su secta y luchador de libertades, había alquilado hace un tiempo, junto con otros colegas un piso en la zona. Gente de bien por otra parte, muchachotes sanos que salían todos los días a trabajar, bebían una coca cola en el bar de abajo y, a pesar de que no tomaban excesivas confianzas con el vecino del rellano, jamás le negaron un buenos días extremadamente cortés. Quién lo iba a decir, si pagaban incluso por adelantado, aseguraba el casero.
Asesinos, terroristas, pederastas, pedófilos, enfermos sexuales, maltratadores, andan al acecho. Quizás ni ellos mismos lo sepan aún,
ni adivinen que serán los que abran los informativos y sean reos de la próxima petición de pena de muerte o cadena perpetua. Puede ser usted, o el que escribe estas líneas, su amigo más íntimo, el familiar cercano o el vecino de arriba. Víctima o verdugo. No hay médico que diagnostique el mal ni pitonisa que acierte la desgracia. Estamos indefensos incluso de nosotros mismos. En qué momento un ser humano pierde la razón, se funde el inextricable mecanismo de su cerebro y revienta en un canalla. Dicen algunos que esta sociedad pervertida de imágenes y trágicos acontecimientos debilita la sensibilidad, agota el respeto y magnifica la banalidad. El valor de las cosas es el precio y todo tiene un precio para que tenga valor. No hay valores que vender. La cárcel puede ser el capricho de un juez que interpreta una ley deformada por intereses partidistas. Los Medios de Comunicación necesitan con urgencia renovar su victimario y aumentar la audiencia.
El sueño de la razón produce monstruos y la razón, incluso la nuestra, la suya, se pierde y el monstruo nos observa desde el espejo.
Marta, Mary Luz…,quién sabe.
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