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Por Francisco Mayoral
¿Tiene madre el señor Gallardón?
La vejez no es triste porque cesen
nuestras alegrías, sino porque
terminan nuestras esperanzas.
J.P.F. RICHTER
Una sociedad que abandona a sus mayores
está enferma. Una sociedad que se olvida de
aquellos que hicieron posible nuestro bienestar
actual padece la gangrena de la ingratitud.
Una sociedad que no les rinde todo el cariño que
se merecen está condenada a recibir castigo análogo a
su comportamiento.
No, para nada es mi intención faltarle al respeto ni
al alcalde de Madrid ni a su progenitora. Pero sí me gustaría
verle en la misma situación por la que están pasando
los ancianos madrileños por una falta suya de negligencia,
acaso desidia o tal vez desprecio.
Al otro lado de la mesa resultaría interesante saber
cual es su juicio de valor y el veredicto de su opinión.
El asunto es que las ayudas sociales a domicilio que
tenían los mayores se están reduciendo en algunos
casos y, en otros, hasta suprimiendo. Para que un anciano
recibiera ayuda, tenía que someterse a un reconocimiento
médico exhaustivo donde se verificaba su
situación, tanto física como mental. Pues bien, durante
los últimos meses, cientos, miles de mayores se han
quedado sin la ayuda domiciliaria que se les había adjudicado
por parte de los Servicios Sociales del Ayuntamiento
de Madrid. Personas con graves problemas de
movilidad, algunas incluso con Alzheimer, demencia
senil, con hijos totalmente incapacitados, han sido abandonados
a su suerte. Como suena, sin exageración.
Una llamada de la empresa concesionaria del servicio y
sin más opción, al día siguiente se les comunica que ya
no vendrá nadie a ayudarles. Han pasado de las dos
horas de asistencia diarias, a hora y media dos días por
semana, a, los que han tenido mejor suerte, a recibir el
servicio un solo día por semana dos horas.
Esos mismos ancianos a los que se les dictaminó
una carencia tal de condiciones como para que les adjudicaran
diariamente la ayuda, ahora, sin otra verificación,
es decir, que no han sanado de repente, ni que sus
piernas o brazos doloridos han comenzado súbitamente
a rejuvenecerse, ni han recuperado la memoria
o las ganas de salir corriendo, les han cortado ese
cordón umbilical que les debemos, la última esperanza
de que alguien les eche una mano.
Ancianos que no pueden lavarse, que no pueden
salir a hacer la compra sin ayuda, que para ir al médico
precisan compañía e incluso que alguien se entere de la
medicación que les recetan. Esos viejos y viejas que se
tendrán que bañar una vez al mes, salir a la compra y
acumular en su nevera alimentación como si estuvieran
en situación bélica, a elegir el día que se ponen enfermos
por si coincide la asistencia.
Nos consideramos privilegiados porque per -
tenecemos a eso que se llama mundo desarrollado,
primer mundo, occidente rico. Y tenemos la suficiencia
de calificar como subdesarrollados a esos otros países
donde el bienestar no se mide por una cifra deudora en
una entidad bancaria, ni la cilindrada del coche o los
metros cuadrados de vivienda. Pero si nos molestáramos
en conocer el comportamiento de esos países
tercermundistas respecto a sus mayores, nos asombraría
que forman parte de la élite familiar, que sus opiniones
suponen el consejo sabio y la experiencia, que el
mejor lugar del hogar es el suyo. Y algo más evidente,
en ninguna otra parte, salvo en occidente, existe lo que
antaño se llamaban asilos, luego Centros de la Tercera
Edad y hoy de Mayores, nadie construyó jamás un edificio
donde depositar a los viejos.
Señor Gallardón, lo que está pasando en el Ayuntamiento
de Madrid, el que usted preside, debería llenarle
de vergüenza. Apreciamos su generosidad por intentar
traernos unos Juegos Olímpicos, por llenar de luces navideñas
la capital con una inversión muy superior a
otros años, por financiar equipos de baloncesto de
grandes universidades norteamericanas, en fin por esa
manera tan sabia de actuar. Pero sería interesante preguntar
a esos miles de ancianos qué opinan sobre su
abandono calculado. Señor Gallardón, ignoro si aún
tiene usted madre u otro familiar anciano allegado.
Piense en una situación parecida a la que padecen esos
miles que le he comentado y cuál sería su reacción.
Ya se, ya se que usted goza de la mayoría absoluta
de esos votos de nuestra pazguata democracia, la que
le puso como contrincante a un perfecto advenedizo
además de ignorante. Usted seguirá ganando elecciones
y aspirando a ser mucho más. Pero cuando mire a su
madre a los ojos si aún la tiene cerca, o piense en ella si
por desgracia la perdió, reflexione que en muchos hogares
de Madrid, su ciudad, hay viejos que hoy no podrán
prepararse un plato de comida, asearse o acudir al
médico porque según dicen sus voceros, no hay presupuesto,
no hay dinero y es necesario recortar.
Yo no voy a decirle nada sobre su nuevo despacho,
sobre el magnífico coche que dispone, entiendo que un
Alcalde de Madrid lo exige y lo merece. Pero piense en
aquel filósofo que dijo que la vida era un constante devenir.
Ya sabemos lo que nos espera.
Feliz Navidad.
P.D. Claro, que si las citadas ayudas domiciliarias están
estipuladas como un Servicio Público, es decir, como por ejemplo el
transporte, y se las están sustrayendo a un sector de la población,
entonces, además de vergüenza, Señor Gallardón, es un delito, sería
usted un delincuente digno de ser invitado a un programa de esos
tan cochambrosos de nuestra televisión y ganarse un pastón.
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