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Por Francisco Mayoral
Impunidad de alto coste
La importancia sin mérito obtiene un respeto sin estima
CHAMFORT
En este país de desencuentros y opiniones cainitas, en pocas cosas nos ponemos más de acuerdo como en los sofocones y amarguras que nos provocan determinadas instituciones, empresas de obligado consumo y otros
servicios varios.
Si usted le cuenta a un amigo o conocido la última tropelía de Telefónica, por poner un ejemplo, no dude que el interlocutor inmediatamente le castigará con una retahíla de discrepancias y congojas varias con la citada Compañía que superarán con creces la suya. Si me permiten, yo les voy a contar la mía.
Solicito una adeesele para la nueva oficina; unas semanas después, una persona que no pertenece a la Compañía, es de una subcontrata, aparece por allí y me deja instaladas dos, con sus correspondientes enganches y aparatos electrónicos. Cuando llamo para decirles que ha sido un error, no dudan en darme la razón y me comunican que en breve pasarán a retirarla. Sin embargo, pasa el tiempo, por allí no aparece nadie y en mi cuenta corriente nadie abonó los casi doscientos euros que me cobraron de gañote. Sin solución a la vista
me harto de reclamaciones y papeleos. Después
de casi cinco meses, por fin me veo libre del enganche caprichoso.
Ya se, ya se, que lo suyo lector ha sido intentar dar de baja una línea porque ya no le hacía falta, porque se cambió de domicilio o porque los quiere mandar a hacer puñetas. También tengo experiencia propia, si acaso con mayor delito, pues me estuvieron cobrando unos seis meses una línea que di de baja por los conductos reglamentarios hasta que hastiado de hablar con señoritas residentes en lejanos países del mundo, que me trataban como con desidia y resignación, conseguí quedar libre de la tropelía. Doy gracias porque tras infinitas reclamaciones me desengancharon, aunque eso sí, jamás me devolvieron el dinero mensual del alta y otros conceptos varios.
Esta sensación de impotencia, de sentirse desamparado, no te la proporciona en exclusiva nuestra Telefónica. Hace unos días llegó a la oficina un operario con una maquinita de esas que se utilizan lo mismo para encargar las cocacolas que un menú en un restaurante. Me dijo que venía a cortar la luz. Así, con un par de narices, que era un mandado y que le habían comunicado que yo no tenía contrato. Juro que las aviesas intenciones del tipo me provocaron los más fríos sudores. Le imploré que viera los susodichos contratos, que todos los meses me pasaban el correspondiente recibo y todo estaba al día. Que no, que no, que el tenía una orden y estaba allí para cumplirla. Si te dan de baja, pueden pasar bastantes días hasta que consigues que otro dispuesto trabajador pase por allí a conectarte de nuevo. Y mientras, pues eso, que cierras el negocio y te vas a casa. No, él no podía hablar con Unión Fenosa, porque su empresa era otra, a saber, si era la segunda, tercera…en la línea de subcontratación de la empresa madre.
Hago saber que gracias a mis súplicas conseguí
una lastimera moratoria previa la contratación de
un electricista que solucione mi avería o tal vez el error de la Compañía, pero eso no lo van a reconocer ni intentar averiguarlo.
Estos son únicamente dos ejemplos de los más comunes. Pero la impotencia, la desesperación y la angustia ante el desamparo nos llegan por varios frentes, algunos, como estos anteriores, imprescindibles en nuestra existencia: ¿qué me dicen del overbooking en las líneas aéreas?. Las compañías pueden vender legalmente por encima de la capacidad de los aviones y así, dejar sin ningún derecho a los pasajeros sin viajar. Seguro que se habrá encontrado alguna vez tirado en algún aeropuerto, nadie le da razón alguna, imposible reclamar a una infeliz azafata que pasaba por allí. Y pasan las horas, y pierden otras conexiones y nadie les da una explicación. Como perros tirados:
la publicidad a la hora de contratar el vuelo no decía nada de aquello.
Esa impotencia nos llega a través del ordenador, con los infatigables mensajes no solicitados.
Intente usted que le borren. Imposible, el link de reclamaciones, la pestaña donde enviar un correo para decir que le dejen en paz de una maldita vez, nunca funciona. ¿De dónde sacan su nombre y su dirección además de otros datos íntimos y particulares para que le envíen cartas a su domicilio con los productos curiosamente adecuados a sus inquietudes?. ¡¡Eres tú usuario el que debe decir que no lo quieres a tu Banco, Seguro o al que te hace la tarjeta del supermercado en vez de ser al revés!!
Llamas a la Seguridad Social y te largan con descaro que no pueden atender tu dolencia cardiaca u oftalmológica, por ejemplo, porque tienen las listas cerradas hasta nueva orden. Y juras en arameo y te acuerdas de la santa madre de muchos y los descuentos en tu nómina.
Y no entiendes por qué la gasolina siempre sube cuando sube el petróleo y nunca baja cuando el dichoso barril se pone a la mitad. Y quieres saber qué baremo aplican los jueces para colocar una fianza u otra a un posible delincuente. El caso es que alguno se pudre en la cárcel por tres mil euros y a otro le colocan unos cuantos millones, los paga, y se queda libre para seguir trapicheando.
Algunos logotipos de estas inefables Compañías se extienden por el mundo. Aparecen en países en desarrollo. Y piensas qué han hecho para
merecer semejante desgracia. Quién controla
tanta impunidad. Existen muchos más ejemplos,
tan cotidianos como los anteriores.
Ponga usted los suyos.
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