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Por Francisco Mayoral   

El canto de las sirenas

Todo vale según la cuenta que de ello se hace

(J. FISCHART)    

Imagínese que acude a su entidad bancaria a realizar una importante operación. Piense que, de la información y conocimientos de su interlocutor, depende buena parte el futuro de su empresa o economía doméstica. Pues bien, y sin ánimo de desmerecer a nadie, la persona que atiende tan importante gestión es la que hace unos instantes sacaba lustre con un trapo a la mesa del director.

Piense ahora que se ha decidido a realizar una importante obra en su domicilio o negocio. Como es lógico, se dirige a una empresa de su confianza para hablar con el arquitecto, aparejador o el oficial de primera más preparado para que efectúe un buen balance de su petición y a la vez valore la mejor viabilidad del proyecto. No cabe duda que la decisión que usted ha tomado supone un importante gasto y acaso una aventura de riesgo. La ironía es que quien le atiende, es el peón albañil que hace unos meses acaba de iniciarse en el oficio.

Ahora sitúese, al menos de forma imaginaria, en una gran empresa de renombre, del tipo que sea, pero que represente para usted un ejemplo de buena gestión y efectividad consolidada.

Seguimos con los supuestos: por circunstancias determinadas, le invitan a una visita a las instalaciones de la citada empresa. Y cuando le reciben para los saludos y presentación de rigor en el despacho del director o presidente, resulta que el personaje que se sienta detrás del despacho es alguien que apenas ha pasado la pubertad y le supone el primer trabajo (vamos, las primeras alubias que se gana). O sea, su primera responsabilidad es el vértice de la pirámide.

Bueno, entiendo que estos tres supuestos le resulten una estupidez, una calentura de verano o una novela de ficción. Resultaría absolutamente inaudito que se pudieran llevar a cabo.

Sin mayores especulaciones, no puede ser

capitán de corbeta quién aún no distingue

la proa de la popa.

Solo hay un oficio, o mejor diríamos dedicación, en el que estas aberraciones arriba descritas resultan posibles: La política. No, no piense que es un hecho baladí, que al fin y al cabo, con su pan se lo coman. Un ministro o ministra, presidente de gobierno, de comunidad autónoma, de diputación o del consejo de las fiestas, un alcalde; puestos de confianza, salarios adscritos a un logotipo que más que una idea supone un fondo de pensiones, se logran no por méritos, experiencia o dedicación manifiesta.

Para nada, el currículum de una gran parte de los políticos que nos representan se reduce a una amistad profunda con el jerifalte de turno, la dedicación de glosas y poemas elogiando el intelecto del superior, del que reparte, al fin y al cabo, los puestos. Y por supuesto, como en el ejército, la ineludible ley de obediencia debida.

Volvamos a los absurdos supuestos del comienzo.

Puestos a imaginar conjeturas, cuánto duraría la buena marcha del la entidad bancaria en manos del personal de limpieza; y no es porque este no conozca su oficio, sino que se precisa algo más para asesorar en un fondo de inversión, abrir según qué determinada cuanta corriente o facilitar un crédito. Y no digamos de la empresa de reformas que depende del último peón de la obra para tabular la profundidad de los cimientos o la ubicación de la viga de sujección. En cuanto a esa empresa imaginada como ideal pues que malamente lo sería si el que está al frente

es el primo del dueño o el primer becario en

fase de adaptación.

Excepciones las hay, por supuesto. Y esa es la grandeza y a la vez paradoja del oficio de político. Que entre tres o cuatro de una caterva de centenares sean capaces de evitar males mayores. Repasen, aunque sea de manera somera, esos ministros y ministras de nueva estopa que nos han endilgado quién sabe cómo. Algunos ediles de su pueblo cuyo mayor mérito es salir en la foto, aplaudir con fervor al Príncipe (sic Maquiavelo) o pertenecer a una de esas pintorescas familias de índole política, tan curiosas por su estructura como por su previsible ambición.

Si las decisiones de aquellas empresas resultaban importantes. Piensen en la envergadura y trascendencia de un responsable político del que sin duda, depende no solo su futuro y el de un interlocutor, sino el de la sociedad entera. Con el libro de la experiencia sin estrenar, con unos conocimientos avalados sólo por el certificado de notas de la facultad (a veces ni eso) y la intensidad de quien sabe por qué esta ahí y a quién ha de agradecérselo hasta convertirse en una parodia de su cargo.

No miren a su alrededor y escarben en otras opciones o colores. Son más de lo mismo a la espera de su oportunidad.

Bueno, una solución sería la que seguramente toman las empresas responsables y los clientes afectados. Que los echen a la puñetera calle por mentirosos o por incapaces.

De momento confiemos en esos tres o cuatro marineros que sepan llevar el barco allí

donde el capitán solo ve y escucha el canto

de las sirenas.

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