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Por Francisco Mayoral   

El placer de los sentidos

La naturaleza ordenó las cosas de manera que todo sea vano y que todo parezca real.

U. FOSCOLO   

El plato era magnífico. Digno de los mejores artistas de Murano, de Praga o Talavera. Ornamento de alto copete para cualquier velador de postín, ostentoso y sofisticado, dispuesto a brillar por los siglos de los siglos en pared principal de recibidor o salón. Una lujuria para la vista y un seductor momento para el comensal que espera ansioso sobre la mesa, degustar lo que no había entendido en la descripción del menú, pero que por su escandaloso precio auguraba un éxtasis absoluto.

Algo grande parecía, pues a nada que se llenara, poco apetito le quedaría para continuar el placer de los siguientes. Sin embargo, su sorpresa fue el alarde del hierático camarero al depositar un breve cuenquito de vidrio con una gelatina confusa de color extraño; eso sí adornado con unos sabios trazos de filamentos dorados que, garabateados por la bellísima cerámica, no sabía si era el aperitivo de lo que iba a venir o le invitaban a sacar la digital e inmortalizar el momento.

Dos cucharadas, dos. Apenas le llegaron a la garganta, pero tal vez fue el compromiso de justificar el dispendio o el de saberse en un momento y lugar único y hasta casi irrepetible, el caso es que alzó los ojos con cierto arrobo al maitre y al sumiller que le escanciaba el vino, al mismo tiempo que se limpiaba la comisura de los labios.

Le habían hablado de croquetas líquidas, espumillón de raviolis sobre base laminada de pomme de terre, helados salados, foie de cog al vapor con salsa fría de pimientas de Jamaica. Además de unas breves lecturas sobre las nuevas técnicas de la alta cocina donde palabras como deconstrucción, esferificación, liofilización, gelatinización o almidonación eran tan habituales como los huevos fritos con chorizo, justificaban con creces la experiencia y la celebración junto a su pareja.

Eligieron lo que se llama un menú degustación. Que tal y como están los tiempos en esto de la alta cocina y su impostura cultural, es como ir al museo de Prado, recorrer las salas de Goya y que de cada pintura te muestren solo las piernas de la maja, el gorro del mameluco a caballo, los ojos de Saturno o el rostro pánfilo de Carlos IV. Es decir, que tras dos horas de quita y pon de platos de exposición, no recordaba nada de lo que había comido y mucho menos los sofisticados términos de las ambrosías.

Hace unos días, a propósito de la jarana que se ha montado entre los dioses del Olimpo de la alta cocina, uno de ellos afirmaba sin rubor:

“nosotros no estamos para nutrir, para eso

está la nevera. El noventa por ciento de las veces como para alimentarme, pero en mi restaurante estamos para crear un momento”. Bien por el artista. Así que en el negocio de este santón,

no se come, se pretende, añadía, “la exaltación

de los sentidos en una búsqueda conceptual

por transformar el hecho biológico en

placer sublime”.

El asunto de mayor calado en este conflicto entre cheffs de muchos michelines, no es el aditivo de las salsas en sus menús, es el adjetivo que inequívocamente añaden todos al justificar sus obras, como un asunto: cultural. Es decir, que si como cultura entendemos, los grandes museos, a los cuales puede entrar cualquier mortal por unas pocas monedas y cuantas veces quiera; la contemplación y recreo de tantos maravillosos parques al alcance de todo el mundo; la lectura de libros en bibliotecas públicas; la audición de música; el disfrute del teatro…y todo esto y mucho más, de fácil acceso, no es posible que acceder a esa “cultura” que nos venden en forma de gazpacho deconstruído, nos cueste un ojo de la cara, la recomendación de un ministro para una posible reserva o la paciente espera de varios años para poder degustar la sabia evocación de sus benditos fogones. Al menos una vez en la vida, nos dicen, hay que peregrinar a uno de sus templos. Pues menos mal, porque si fuera necesario

acudir varias veces para sentirse realizado, deberían instalar como servicio añadido,

lobbys de influencia y entidades de crédito

en sus puertas.

Entre sartenes anda este juego de intereses y egos. Estrellas mediáticas, escritores de best sellers, gurús de la alimentación, deconstruidores de la realidad. El hedonismo al alcance de unos pocos privilegiados que ya no necesitan comer, su estómago quedó saciado hace mucho tiempo. El resto, me temo que casi todos, pensamos que donde esté una buena fabada, una rica paella, el sabroso cocido, unas lentejas en olla de barro o los sencillos huevos con chorizo, que se quiten los gourmets de catálogo. Aunque corramos el riesgo de que nos

llamen vulgares.

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