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Por Francisco Mayoral   

El escandaloso silencio de las buenas personal

No te fíes de la máscara de quien te muestra el rostro demasiado descubierto.

F. PANANTI   

No ha sido un día fácil. El trabajo precario, tal vez ese examen a destiempo, esa relación que no cuaja. Y todavía queda un largo recorrido hasta llegar a casa. Son casi las once de la noche y el vagón del Metro, casi vacío, permite entretenerse entre el duermevela del cansancio, en otros rostros similares con los ojos perdidos. El traqueteo del tren es como una nana que permite alejarse de tantas horas gastadas y el deseo de llegar pronto, al sofá que nos espera,

a los hijos ya dormidos o a la pareja que aguarda el reencuentro.

De pronto algo turba esa paz flotante. Miras sin ver, te fijas sin percibir, hombres o mujeres qué más

da, al fin y al cabo todos los viajeros pagan

a esa hora el ticket del anonimato.

No es una película de serie B, ni un reality show, tampoco que el Gran Hermano de la televisión en su carrera por el share total ruede ahora en exteriores. Se trata de un desgraciado que primero se burla, después pellizca y manosea, luego se vuelve y pega un puñetazo, una patada, unas palabras de desprecio e insulto. La víctima está enfrente,

el imbécil ha pasado delante nuestro y ni se inmuta, tal vez nos ignora. O nos desprecia.

Sentimos la angustia de la chica maltratada,

agredida de forma impune, que se protege como puede de los golpes, de las burlas, de la

humillación de un cobarde.

Eres testigo de la tropelía. Por tus entrañas se deslizan sensaciones encontradas. Indignación por ese acto de brutalidad, coraje ante la chulería del personaje, lástima por la joven indefensa. Y piensas que deberías hacer algo, levantarte e impedirlo, recriminar al sujeto su actuación, auxiliar a la víctima, meterle una patada en los huevos al delincuente

o al menos, no quedarte parado, quieto como una efigie de barro.

En ese momento, por tu mente pasan rápidas imágenes y lecturas. Informaciones de casos similares, donde una intervención valiente le ocasionó al protagonista invitado consecuencias lamentables. Y haces como que no te enteras, como si el asunto no tuviera nada que ver contigo. Y a ti qué te importa, total, esto sucede todos los días y al agresor le meten por una puerta y le sacan por la otra. Y finges estar dormido. Miras de reojo, sintiendo en el estómago cada uno de los golpes que la chica recibe en silencio, sin gritos casi con resignación. Una actitud como la tuya con la diferencia de que tú eres testigo y no receptor. Cuentas las estaciones que te quedan para llegar, quizás la excusa es apearse antes y así evitarse la mala conciencia, cambiarse de vagón, hacer cómplices a los demás, escasos viajeros, que actúan como fantasmas silenciosos cobijados en la hipocresía. Unos minutos más y adiós: el sofá, los hijos, la pareja…y el olvido, la vida es así. Seguro que usted que lee estas líneas hubiera sido incapaz de mantener una actitud hierática ante lo descrito y ya muy conocida agresión en el Metro de Barcelona a una joven inmigrante ecuatoriana. Pero no dude que existen muchas personas cuya reacción, lo mismo que denuncia el video grabado y proyectado en todas las televisiones, sería la de permanecer imperturbable. Su mala suerte, ésa que seguro le altera ahora su conciencia, es que la cámara le colocó en los títulos de crédito de tan nefasta película. –“Cuando reflexionemos sobre nuestro siglo XX, no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas.”, como decía Martín Luther King.

Recuerden un momento, hagan memoria, cuántas personas se han encontrado un día por la calle tiradas, acurrucadas en una boca de metro, sobre un banco de la plaza; cuántos gritos y llantos escuchados en la vivienda de al lado; ese cuerpo maltratado por tantos abusos domésticos; el niño que sufre una paliza en la calle; los matones de barrio que atacan a quien les da la gana; el jefe que acosa a la empleada díscola que no se presta a compartir sus virtudes. Medite en estos ejemplos y en otros parecidos a los que ha asistido como mudo espectador y reflexione sobre lo que ha hecho para impedirlo. Culpable y cómplice. Por acción u omisión. A quién debemos juzgar con mayor rigor: al gañán que ataca o a esa buena persona que observa impávida.

Yo sé que usted lector, lectora, incluso éste que firma estas líneas, seríamos incapaces de mantenernos en nuestro asiento ante una situación como la mostrada en el vídeo del Metro. Puede que el ojo del Gran Hermano de alguna cámara anónima algún día tenga la oportunidad de filmarnos y confirmar esa voluntad férrea de justicia que nos caracteriza. Seríamos héroes y no villanos.

¿O tal vez no?

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