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Por Francisco Mayoral   

Y tú más

Hay personas que hablan un instante antes de haber pensado

LA BRUYËRE   

Algunos han sido como el amigo que siempre quise tener. Dispuestos a la conversación, al consejo, al apoyo desinteresado. En las noches en vela siempre acudí a su regazo, en busca de esas palabras, esas frases que, no por sabidas y repetidas, disminuían su efecto tan sedante. Son nombre dispares, en edades y hasta en propuestas. Especialistas en temáticas diversas y siempre con la definición, la aclaración oportuna y precisa. En sus explicaciones viví lo que no pude vivir, entendía aquello que no alcanzaba a comprender y supe que las ideas y los pensamientos son libres y nadie puede arrebatarles su vocación de volar.

Reposan en las estanterías de mi biblioteca, en los anaqueles vivos y dormidos a la vez, a la espera de ser recogidos y consultados de nuevo. Conocen mis secreteos y yo los suyos y compartimos la complicidad milagrosa del anonimato. Son amigos, como digo, a los que no conozco en persona y con los que posiblemente jamás llegaré a cruzar palabra alguna. Pero ellos y yo sabemos que su esfuerzo y su inteligencia, contribuyeron a mi conocimiento y mi fortuna.

El fenómeno de los Medios de Comunicación, tan diversos en sus formas de presentación y contenidos, me acercó a los escritores, filósofos, pensadores, intelectuales y toda esa familia que difunde la cultura y propaga los mensajes. Así, desde la comodidad del sofá de mi casa, les puse rostro, reconocí su voz y les perseguí por radios, periódicos y televisiones. A la espera, en muchos casos, de la publicación de su último libro.

Resulta por lo menos inquietante, que, desde un tiempo a esta parte, más que divulgadores de conocimientos, resulten vendedores de certezas, cada cual más radical. Son los mismos que desde diversos puntos de vista analizaban la actualidad, definían los conceptos desde la moderación y con el respeto a la diversidad y la discrepancia. Me hacía, nos hacían pensar, entrar en la polémica, tan subjetiva como son objetivos los derechos a manifestarlos.

Han conseguido el privilegio, como digo, de entrar en nuestros hogares por aquello de la técnica. Ya no se requiere ir a la librería y adquirir su última obra, incluso ni comprar el periódico donde tiene un rincón a modo de franquicia. Son personajes que no dudaban en sentarse a una mesa a debatir, guardando el silencio del turno, la atención al análisis, la argumentación como mejor forma de transmitir sus premisas. Hoy solo se escuchan a sí mismos, esperan una inflexión en la voz de su interlocutor para arrebatarle la palabra y si es posible deslizar alguna injuria que justifique su presencia e incluso el pesebre de donde comen.

Da lo mismo que medie un micrófono, una

cámara de televisión o el ataque despiadado

desde los medios impresos.

Somos muchos los que no tenemos ningún breviario de comportamiento en la mesilla de noche. La razón, se adquiere en la diversidad, en las lecturas reposadas, en las ideas contrastadas, en el discurso basado en el análisis y no en las vísceras. Juro que no les reconozco, siguen en las estanterías del salón, en libros a veces subrayados y sobados de tantas consultas; siguen siendo válidos pues con ellos y en ellos aprendí asignaturas tan importantes como el juicio, la fantasía y la perspectiva de las cosas. Pero no es posible que hayan contribuido a diseñar con su actitud esta especie de trinchera a la que los ciudadanos nos vemos abocados. Y dirán algunos lectores que de todo esto la culpa la tienen los políticos, o los propios Medios de Comunicación que encuentran en el share o la tirada la excusa a esta situación demencial. No lo entiendo así, pues si antes

hacían alarde de su independencia y una bien ganada reputación, no pueden perderlas

bajo ninguna excusa ni servilismo.

Me resulta inconcebible que intelectuales de prestigio, compañeros de aventuras, con quién tanto vivimos como decía el poema, deriven en una permanente pelea de gallos que causan rubor en quien los escucha o les mira, cuando no sensaciones y sentimientos más peligrosos.

Es como si exigieran a la sociedad una toma de postura radical, como si los amigos y compañeros de mesa, trabajo y tertulia cotidianos, tuviéramos que presentar nuestras credenciales para seguir manteniendo la relación salvo peligro de

bronca y acaso ruptura.

Alguien lo comentaba el otro día durante una reunión y ya tenía una cierta edad: yo nunca he vivido en este país bajo una tensión tan grande y continua. Unos más que otros, pero nadie puede excusar su parte de responsabilidad. Es el momento de contribuir a desinflar el globo y la teoría tan extendida del: y tú más.

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