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Por Francisco Mayoral
Todo sea por el canapé
Era como un gallo que creía que el
sol había salido para oírle cantar.
(GEORGE ELIOT)
No hay nada más democrático, ni que
demuestre qué niveles de convivencia
tenemos entre los españoles, como los
palcos de un partido de fútbol, de tenis,
de baloncesto de alta trascendencia, la barrera de
una corrida de toros, o un estreno de teatro o cine
con mucha cámara de televisión y reportero cotilla.
Resulta hermoso y ejemplarizante la afición
repentina que les da a algunos por cualquiera de los
anteriormente mencionados espectáculos. Políticos
de izquierda o derecha, famosos de gomina,
postulantes de menciones en la negrita de algún
periódico o trasnochados personajes que ansían
como sea la más impertinente de las preguntas con
tal de salir en prime time.
Algunos, antes de llegar al cargo, se desgañitaron
en la crítica feroz de los privilegiados, en enarbolar
banderas de justicia, pancartas reivindicando la
derogación de las corbatas en los consejos de
administración y por la fraternidad de todas las
civilizaciones del mundo. Nadie sabía de sus aficiones
deportivas, de su exquisito gusto por los trajes, y
hasta de su vocación cinematográfica. Pero oiga, es
que toman posesión del ministerio, de la alcaldía,
consejería, concejalía u otro cargo conseguido -nadie
lo duda, gracias a su esfuerzo por defender los más
firmes valores- y es que no hay estreno, evento
deportivo, sarao cinematográfico o incluso literario,
en el que no aparezcan rutilantes y sonrientes.
Lo que más impresiona es ver a tanta fauna de
tan variopinto pelaje, juntos en un corralito de esos
que se montan por ejemplo entre los vips en el tenis,
o en una corrida de toros que no te puedes perder
porque torea el Niño de los Peines o el fiestorro de
esmoquin del último premio literario.
Después de la gresca continua en los periódicos,
radios y Parlamentos varios, resulta congratulante
ver cómo animan y se miran cómplices del éxito de
nuestros deportistas: el político progre y el facha, el
actor de moda, el cantante top ten, la modelo, el
presidente de este u otro club que parece tuvieran el
don de la ubicuidad pues están en todos los sitios a la
vez y hasta algún locutor o locutora de la tele
respondiendo entre set y set, toro y toro, tiempo
muerto y tiempo muerto a cuestiones de profundo
calado.
Hace un par de legislaturas, un político de
reconocido prestigio progresista argandeño, sin lugar
a dudas un diez entre los de su promoción, defensor
de todos los pobres del mundo, revolucionario,
tránsfuga entre los partidos de la izquierda y
profesional del salario fijo de la cosa pública, acudía
invitado al palco del Real Madrid todos los partidos
de importancia. El asunto no tendría mayor
importancia, si le gustaba el fútbol al personaje y
conocía gente pues vale. Pero lo grave es que el
caradura iba en el coche oficial del Ayuntamiento,
con chofer incluido. Había que verle después en los
Plenos, en las manifestaciones, con cuanta pasión
defendía los valores eternos. Si hoy le preguntamos
sobre sus aficiones futboleras, nos negará con gran
enjundia que eso no va con él, que lo suyo es por lo
menos la metafísica y leer a Diógenes.
Son figurantes de plantilla, lectores convulsos de
ocasión, deportistas de generosa sonrisa para la foto
y vividores de mucha celeridad, pues el cargo se
acaba y a ver cuándo pillan otra ocasión. Y no se
crean que en los intermedios se emparejan con los
suyos, no, las delicatessen de canapés y otras glorias
no es para dejarlas escapar mezclándose con la
chusma de la grada. Para eso ya habrá ocasión. Lo
que mola es la alfombra roja, el besamanos con el
anfitrión y apretar bien el culo no te descubran el
pelo de la dehesa y quedes al descubierto.
Una vez pasan a la retaguardia, es decir, les
cesan, pues son muchos y hay que repartir entre
todos, jamás les verás en el teatro o la ópera, menos
en un acto deportivo y para nada en los literarios.
De repente pierden tan cultas y promiscuas aficiones
y añoran los buenos tiempos pasados. Puede que
ahora regresen a la pancarta o al redil de las
reivindicaciones, quizás renueven la faceta de
meritorios por si acaso vuelven a ser señalados por
el dedo.
Cuándo se verán en otra. Codeándose al mismo
tiempo con la Monarquía, la nobleza, el glamour de la
pasarela, actores, deportistas y otras fanfarrias.
Devorando canapés de diseño y eso sí, utilizando el
coche oficial (algunos el helicóptero y la avioneta)
pues están tan atareados que no pueden perder un
instante en mezclarse con el graderío al que tanto
quieren y por el que tanto se sacrifican.
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